
Como siempre hacía en la víspera de Navidad, aquel hombre estuvo dando vueltas por la calle, perdido bajo la luz de las guirnaldas que adornaban la ciudad, buscando los mejores regalos para sus seres queridos.
A su hijo pequeño le compró el balón de reglamento que tanto ansiaba. Sabía que no había nada más deseado. Para el mayor un piano con el que cultivar aquel don tan especial que siempre tuvo para la música, y para su mujer un pequeño frasco con un exclusivo perfume con olor a esencia del jardín de la alameda, para que recordase siempre que se lo pusiera el preciso lugar donde se enamoraron una noche mirando las estrellas del firmamento.
Mientras hacía aquellas compras, estuvo también buscando algo para sí. Su mujer le había dejado encomendado que así lo hiciera para que también él tuviera un bonito regalo aquella noche, pero nada terminaba de interesarle. Buscó mirando por todos los escaparates, pero no encontró nada que le llamara la atención. Lo cierto es que hacía tiempo que no echaba nada en falta. Era feliz con lo que tenía y no necesitaba ni deseaba nada más. Como nada le satisfacía, temió haber perdido la ilusión por las cosas, haberse vuelto un hombre insensible o desesperanzado y comenzó a preocuparse.
Regresó a su casa un poco desengañado y triste pensando que su mujer se enfadaría con él al no haber encontrado nada que le gustase, y así fue, pues a pesar de los regalos que llevaba para todos ella se disgustó.
-¿Cómo no has pensado en nada para ti? Tú te lo mereces todo- le dijo. -¿Cómo es que no has encontrado nada que te guste? Que no tengas un regalo me entristece. Debe haber algo que desees, algo que te ilusione y que quieras para ti- Su esposa tenía razón. Seguro que en algún lugar habría algo interesante, pero de momento nada se le ocurría.
Estuvieron pensando juntos un largo rato, hablando sobre qué podía ser aquel regalo, hasta que un amigo le llamó al teléfono para decirle que la hermana Matilde había fallecido y que se enterraría aquella misma tarde.
-¿La hermana Matilde? ¿Y quién es la hermana Matilde?
-Chiquillo, ¿no conoces a la hermana Matilde? Es una carmelita descalza del Convento de la Santísima Trinidad, el que está frente al Liceo del Sagrado Corazón.- Se esforzó cuanto pudo queriéndose acordar, pero lamentablemente no conocía a ninguna hermana Matilde y ni siquiera recordaba haber estado en aquel convento que su amigo le decía.
-Yo nunca he estado en el convento.
-¿Qué no? Es el de la Hermana Cristina.
-Sí, lo sé, pero nunca he tenido la oportunidad de visitarlo.
Aquel amigo era muy importante para él, y como por lo visto era muy trascendental que asistieran al entierro de la monja, acepto acompañarle, aunque sin entender muy bien qué pintaba él en todo eso.
-Seguro que te gusta la experiencia- afirmó su amigo ilusionado, palabras que sólo sirvieron para desconcertarlo más aún.
-¿Es que a alguien puede gustarle estar en un entierro?- Se preguntaba para sí no dando crédito de las palabras de su amigo.
Cuando llegaron al convento la puerta estaba abierta. Dentro, en la capilla, unas pocas personas esperaban a que el sacerdote comenzara el responso. Su amigo no se conformó con entrar en la capilla, y quiso ver a las monjas a través de la reja. Allí, justo en el centro de la estancia estaba el féretro con la difunta, y alrededor todas las demás monjas que, curiosamente, en contra de lo que esperaba, parecían sonreír mientras cantaban salmos al Señor.
Su amigo se las presentó como si en ello le fuera la vida. Las iba nombrando de una en una, al tiempo que se fueron acercando gentilmente para saludar, la Madre Inmaculada, Priora del convento, la hermana Beatriz, la hermana María, la madre María Teresa, la hermana Mercedes, la hermana Raquel y otras tantas, como la hermana Antonia, o Margarita, o Ana María, o Elena con las que finalmente se hizo un lío de nombres en la cabeza. Lo cierto era es que nunca se le dio bien memorizar los nombres de las personas, así que tras la misa que se celebro córpore in sepulto, justo en el momento en que su amigo le invitó a entrar en el interior del convento de clausura para cargar con el féretro, no sabía a ciencia cierta quien era cada cual.
En silencio fue llevando sobre su hombro el ataúd de la hermana fallecida hasta lo más adentro del convento, justo hasta el lugar donde se encontraba el cementerio en el que otras monjas descansaban ya eternamente, entre ellas, la hermana Cristina, tan querida y venerada.
Mientras el sacerdote terminaba el sepelio descubrió el lugar exacto donde reposaban los restos de la hermana Cristina, beata y próxima santa de la Iglesia, y se acercó con recogimiento, porque quería acariciar su lápida, y así lo hizo con todo el respeto y la devoción posible.
Tras el atrevimiento, se volvió temeroso de encontrarse con la reprimenda de alguna de las hermanas, pero se topo con los ojos sonrientes de la hermana Raquel, que en aquel instante le pareció una santa. Su mirada era dulce, comprensiva, cariñosa. En absoluto había un reproche, más bien todo lo contrario, como si con su gesto esbozara un gesto de agradecimiento.
-¿De agradecimiento?- pensó en aquel mismo momento. -¡No son ellas las que tengan que agradecerme nada en absoluto!. Más bien soy yo el que debo mostrarme agradecido por permitirme entrar y vivir esto.Se giró buscando a su amigo que seguía rezando. Mientras lo observaba terminó por entender que aquel hombre le acababa de hacer un gran regalo, posiblemente el mayor que podrían hacerle aquel año: el compartir mediante el vinculo poderosísimo de la amistad sincera el misterio indescriptible de la fe. Y no dijo nada, sencillamente guardó silencio, y en silencio rezó, como su amigo, mientras pensaba cuan afortunado era.
Este relato surge de la amistad que tengo con Paco Luna, de la que me precio, y de la que me siento muy dichoso. Con toda mi gratitud.