
Es lamentable lo que está ocurriendo últimamente en las altas esferas políticas de este país con los casos recientes de espionaje y de corrupción.
Según un informe publicado por la ONG “Transparencia Internacional”, los españoles consideramos que los partidos políticos, con una nota de 3,8 puntos, son las instituciones más corruptas de la sociedad, una opinión que compartimos con los ciudadanos de otros 61 países, que conceden a las organizaciones políticas las peores puntuaciones en la clasificación de estamentos más afectados por los sobornos y el cohecho.
Esta percepción es un gravísimo problema que se debería solucionar radicalmente, porque con independencia del las siglas, la ideología o el color del partido que se trate, se está poniendo en jaque al mismo sistema.
Quizás piense que esto que digo es una exageración, es posible, pero yo estoy convencido de que el problema de la corrupción hace más daño a la sociedad que los efectos de la crisis económica. Y opino así porque estoy convencido de que, tarde o temprano, encontraremos la forma de salir de la crisis, en la medida que nuestros vecinos comunitarios vayan consiguiéndolo también. Obama es un motivo para la esperanza en este sentido, pues su discurso y sus novedosas formas, presagian brillos en un futuro más cercano que lejano, pero nada de esto servirá si quienes nos deben guiar por el camino de la recuperación, en vez de preocuparse por los intereses generales del Estado, se dedican a rellenar sus bolsillos particulares para enriquecerse ilícitamente.
Deben de existir controles efectivos y reales que inspeccionen los incrementos patrimoniales no justificados de cualquier persona, pero especialmente de los políticos, entre otras cosas, porque estos trabajan con dinero público.
Independientemente de todo esto, también debería reforzarse la ley para que castigara fuertemente este tipo de actitudes, pero no de la forma que se suele hacer con los ladrones de guante blanco y que tanto nos indigna, sino con eficacia real, exigiendo responsabilidades penales donde sea justo y necesario.
Hay que poner pie en pared de una vez por todas. La corrupción no puede ser un arma arrojadiza ni un instrumento que ayude a ganar o perder votos. La corrupción, por encima de cualquier ideología, es un cáncer de la sociedad que hay que erradicar.
Este estado de corrupción generalizado que padecemos, lamentablemente no se queda en el ámbito político, sino que se extiende por otros sectores sociales, como los medios de comunicación, que ejercen un amarillismo impropio de una sociedad moderna y democrática como la española. Los partidos políticos y los medios de comunicación son los pilares fundamentales de la democracia, porque son quienes encarnan el papel de identificar, denunciar y debatir sobre los problemas. ¿Qué ocurre si son precisamente estos dos pilares el problema en sí mismo? La sociedad debe cambiar, porque es evidente que tenemos un sistema enfermo. Los medios de comunicación no pueden dar cabida a tanta telebasura, por más rentable que resulte en euros y en audiencia. Con ello sólo se admite la prostitución de la vida íntima de ciudadanos que son mitos populares, a quienes se utilizan como vacunas contra cualquier escándalo, legitimándose cualquier meretricio político o mediático. Nadie se escandaliza ya por nada, y eso evidencia nuestra falta de sensibilidad y de conciencia social contra la corrupción.