Yo quiero ser aquellos ojos
que ávidos por ver, no paran de mirar.
Aquellos ojos que vieron el marrón otoñal
de árboles callados que en silencio crecían
a la vera de las aguas mansas.
Aguas heladas que cortaron mi piel
al mojarla en las laderas verdes, de musgos centenarios,
crecidos en humedades eternas.
Yo quiero estar debajo de aquellos árboles pálidos,
que tristes, sombreaban condenados,
por los antiguos espacios de belleza lánguida,
en aquellos corrales de caserones callados.
Almendro con frescor de brisas contenidas,
como suspiros femeninos, entrecortados, cargados de pasado.
Arisca la corteza, abierta a la caricia,
para el tacto manso de mi mano,
de terciopelo sumiso.
Quiero ser aquellos ojos cerrados
que soñaron el rojo perfumado del geranio.
Yo quiero estar tumbado,
sintiendo en mí, las zanjas de la labrada tierra,
y rodar como un niño en el sembrado
y al ver mis pies, mis pies desnudos,
manchados por el polvo de la vereda seca,
buscar la frialdad, en la ruidosa alberca
y en ese frescor del agua, mojarlos.
Y esa vereda mustia que cruza el paisaje
adentrándose en el alma:
“De un lado las tunas calladas,
cargadas de frías sombras mortuorias,
y del otro,
la alegría resplandeciente de la tierra abierta,
arada en surcos,
pariendo plantas verdes,
bajo la luz cálida de un sol radiante
en la bahía de Cádiz”
Yo quiero ser aquel que entonces soñé ser,
este hombre que hoy nace en la orilla de la mar.
©Ignacio Bermejo