domingo, 4 de octubre de 2015

El plato de pringá


Estremecido hasta la emoción incontenible de una lagrima escapada
al ver ese amor inmenso:
El amor que se hace fuerza,
que se hace fuego,
que se hace ofrenda…
Estremecido hasta la emoción incontenible de una respiración cortada
que punza el corazón que late.
La vida se hace plato
y lo humilde se hace grande,
lo más grande entre una madre y un hijo,
Nada es lo que es.
Siéntate a su mesa, amigo
y comulga,
que a veces las Moiras
juegan con hilos blancos, dorados y negros
sin contarlos

riéndose de ti.

jueves, 1 de octubre de 2015

Océano celeste


Océano celeste,  transparente e inmenso
que recorro en busca de palabras
capaces de abrir el mundo.

Océano de aire y dudas,
de preguntas y miedos,
de soledad sentida
carente de respuestas.

Así es el mundo
compuesto de planetas
que giran porque giran
cruzando el universo.

Y así  existo,
mirando para arriba
buscando mi sentido,
girando porque giro

atravesando el tiempo.

Ignacio Bermejo

sábado, 26 de septiembre de 2015

De la España que fue una Isla, a la Isla que se hizo Europa


Hoy 26 de septiembre de 2015. Terminando los actos organizados en San Fernando en conmemoración del 205 aniversario del juramento por parte de los diputados de la Constitución española de 1812, la Pepa (cuando la ciudad fue capital de España por la invasión francesa del país), que se produjo a las nueve y media de la mañana del 24 de septiembre de 1810, en la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo y los Desagravios, y en esta ocasión, trayéndonos a todos al paladar un más que agradable regustillo europeísta cargado de sabrosas connotaciones, y me explico:
            Me da miedo pensar lo que puede pasar mañana en Cataluña, pues ocurra lo que ocurra, será importante para los intereses de todos los españoles, y no solo para nosotros, sino para toda Europa, pues puede darse el caso de que por fin se cueza el huevo  definitivamente del temido nacionalismo exacerbado que promulga esos valores de secesión y separatismo que nos llevaría todos, cuanto menos, a un mar de confusión económica, política y de identidad. ¿Qué puede pasar? ¡Pues no lo sé, cojones…!, como dijera aquel, pero a pesar de no saberlo a ciencia cierta, preocupa lo que se intuye.
            Y frente a ese sentimiento extraño de inseguridad y miedo, sí, miedo, no un miedo como el que producía los atentados de ETA, sino un miedo más frio, un sentimiento sintético, casi metálico, complicado de explicar, pero  miedo al fin y al cabo, frente a ese desagradable sentimiento, esta avalancha de principios, de esperanzas, de planes de futuro cargados de buenas intenciones, de ilusiones que hemos vivido en estos día en San Fernando, emanadas de las palabras de José Carlos Díez, en su conferencia “El papel de Europa en la nueva economía”, el mensaje exquisito de Josep Borrell, que supo trasladarnos sutilmente desde San Fernando a Bruselas, y las pronunciadas por una Alcaldesa, Patricia Cabada,  que brilló de manera especial, iluminada por el  espíritu constitucionalista que sobrevolaba entre los muros de aquel teatro histórico, cuna de las libertades.  
            Toda una contradicción, lo que ocurre en Cataluña, con lo que ha ocurrido en la Isla de San Fernando en estos días, donde hemos respirado unión y progreso, donde hemos sido capaces de levantar los ojos para ver un poco más allá, allende nuestro horizonte, para entender que el nacionalismo no es un arma cargada de futuro, sino todo lo contrario, y que la solución pasa mejor por borrar las líneas fronterizas que algunos pretenden pintar, y en no construir muros.  
        Desde la Isla yo me he sentido, más que nunca, europeo, pero europeo de verdad, un sentimiento que va más allá de una simple  unión monetaria o política. Me he sentido ciudadano de la vieja Europa, Europa como patria, y me he sentido bien.
            ¡Qué bonito el himno de Andalucía!  que a tan a flor de piel llevo siempre, cuando dice aquello de  “Sean por Andalucía Libre, España y la Humanidad”. Ojala que de la misma manera se pudiera sentir en todos los pueblos de Europa ese sentimiento de unidad y de pertenencia cuando oyeran la Oda a la Alegría de Beethoven.
          Si yo tuviera poder, poder de verdad, os convocaría sin lugar a dudas a vivir en unión y en armonía, a superar esa trágica historia de un pueblo, el español, que ha malgastado la mayoría de los años de su historia en guerras que no nos han servido para nada, peleándonos con nosotros. Aquí cabemos todos, porque aunque seamos diferentes, somos lo mismo.


Ignacio Bermejo Martínez

miércoles, 29 de julio de 2015

La buena política

Estimado  ciudadano descontento:

Lo que encuentro actualmente en la relación entre los políticos y usted es un desapego generalizado originado principalmente por la corrupción, la confrontación constante e inútil entre partidos y el escaparatismo dialéctico sin sentido.

Usted ve  la sociedad como un ente dependiente de la política  desencantado por no recibir un mensaje claro  capaz de estructurar soluciones a los graves problemas de  hoy.  La política como un instrumento averiado, incapaz de realizar su misión, por la vulgaridad de su retórica. Frases hechas que resuenan más por su rimbombancia que por su significado o su utilidad real. Mensajes vacíos, a fin de cuentas o simplemente mentiras reiteradas una y mil veces.  Y reconozco que en parte tiene razón, pero sólo en parte, y me explico:  Los partidos políticos han sido siempre, a lo largo de su historia, el instrumento que la sociedad ha empleado para estructurar soluciones a sus problemas, con independencia de su ideología, y son muy necesarios para la estabilidad y la supervivencia del sistema, y creo que sin sistema no existiría la sociedad.

No han sido nunca, al menos hasta hace poco tiempo,  cuna de “clase política”, término que no deja de darme una cierta grima, porque no termino de comprenderlo del todo bien, puesto que los políticos no conforman una clase social en si mimos. Los políticos  han sido siempre personas idealistas, personas inquietas que buscaban en el poder de la unión, la fuerza para eliminar de la sociedad sus injusticias, buscando la igualdad, la solidaridad, la libertad, etc. (entendiéndose en esto al buen político, o al honrado, obviamente)

Creo que el desencanto generalizado y el sentimiento de desarraigo de los ciudadanos hacia la política se fundamente principalmente en el hecho de que los partidos políticos han perdido su esencia, y no me refiero a su ideología, que también, sino a que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos para satisfacer las necesidades humanas surgidas en un momento, este, que nos ha pillado a todos por sorpresa.

En la mayoría de los casos los partidos han dejado de ser un conjunto de personas unidas buscando la fuerza necesaria para transformar la realidad. Quizás por eso la potencia sorprendente e inesperada del efecto Podemos, que ya empieza a decrecer.

Tanto yo como la mayoría de los compañeros con los que trabajo a diario, entendemos el desarraigo y la desilusión de la sociedad hacia la política  en este sentido, y le garantizo que en la medida de lo posible, pretendemos hacer una política diferente.

Trabajamos convencidos de que es posible transformar nuestro entorno para bien, con métodos limpios, transparentes y democráticos.

La democracia cuenta con herramientas para solventar el problema de la desilusión y el desapego. No olvidemos que los partidos están compuestos por ciudadanos normales que se implican en política, con ideales, ilusiones, con muchas ganas de trabajar  y con vocación de servicio público. Y son estos ciudadanos quienes seguramente alzaran la voz para decir ¡Basta!.

Estoy convencido de que desde la base se puede hacer mucho por cambiarlo todo, desde el trabajo diario y el buen ejemplo, en aras a una nueva revolución noble, pacífica y limpia que asegure el sistema de la mejor convivencia.

No todos los políticos son corruptos. Generalizar en este caso también es injusto.

Me gustaría aclararle que  participo en las Instituciones del Estado, concretamente en el Ayuntamiento de San Fernando, como concejal,  porque así me lo ha posibilitado mi partido, el PSOE, y lo hago al margen de mi profesión de contable, aparcada por el tiempo que dure esta nueva ocupación y sabiendo que esto no es un triunfo personal.

Le garantizo que no veo nada más SAGRADO que este compromiso adquirido temporalmente. Mi labor política es solo vocación de servicio público, y es por eso que aquí estaré mientras los ciudadanos quieran, porque es a ellos a quien me debo.

Ignacio Bermejo


viernes, 5 de diciembre de 2014

El mejor sueño del mundo.


Aquel pequeño  lo había aprendido a golpes de realidad: “Las cosas realmente valiosas de la vida, no pueden comprarse con dinero”

Se acercaba la Navidad y todos le decían que tenía que escribir a Papa Noel para pedir   sus regalos, pero lo que el deseaba de verdad, por encima de todas las cosas, no se podía explicar en aquella carta.

El solo quería que su papa volviera a casa, que lo arropara de nuevo como hacía antes cada noche. Quería que le volviera a contar uno de aquellos cuentos estrambóticos que no tenían ni pies ni cabeza, pero que le encantaban, que le acariciara el pelo y le sonriera. Añoraba a su padre y estar con él era lo único importante.

Aquella noche, antes de dormirse, decidió que aquel año no escribiría la carta. Aquel año se dedicaría a soñar. Soñaría con todas sus fuerzas que su papa volvía a casa. Había oído que  a veces los sueños se hacían  realidad y eso era todo cuanto él quería.


Feliz Navidad. 

martes, 25 de noviembre de 2014

El abuelo feliz


Aquel hombre siempre fue un trabajador incansable. Había luchado  por alcanzar sus metas, afanándose en conseguir sus sueños sin escatimar esfuerzo y sacrificio. Había logrado casi todos sus objetivos, salvo uno que siempre le fue negado por el destino, algo de lo que nunca solía  hablar.

Decían de él que era un hombre de éxito, admirado y respetado. Un  empresario ejemplar que supo encontrar la manera de crear empleo, a pesar del  tiempo tan complicado que le había tocado vivir.

Jamás lo confesó, pero quienes le conocían sabían que entre sus cosas pendientes estaba aquella pretensión de haber sido padre de un pequeño. Él adoraba a sus cuatro hijas por encima de todo, pero a pesar de ello, siempre deseó un varón, un niño  con quien identificarse de manera especial, una idea que había abandonado en el cajón de las cosas imposibles. Eso era todo cuanto había pedido en aquella carta imaginaria que escribía cada Nochebuena, Navidad tras Navidad, expresando aquel deseo, hasta que aceptó la cruda realidad, desechando aquel sueño para siempre.

Pero como suele pasar, las cosas ocurren de manera imprevisible e inesperadamente. El no lo sabía. No tenía ni la más remota idea, pero aquel año la vida le deparaba una feliz noticia: La mayor de sus hijas estaba embarazada,  y si bien no pudo ser padre del varón que siempre quiso,  sería su abuelo.

Aquel pequeño tan esperado, nacería pronto, y bajo el brazo traía aquella vieja ilusión cumplida y la noticia grata de que, a veces, los sueños se hacen realidad.
  


Feliz Navidad. 

Ignacio Bermejo

martes, 1 de julio de 2014

La muerte no es el final.


Llegué de nuevo al pueblo tras la llamada de un vecino,  al que casi ni recordaba, que me contó cómo mamá había terminado sus días. Todo había pasado sumamente rápido, de manera casi inexplicable, muy repentinamente. Murió mientras dormía, sin haber dado muestras de flaqueza o enfermedad alguna.

El tren se acercaba a la estación de antaño sin hacer escalas, y mientras, sin saber exactamente por qué,  el miedo se iba apoderando de mi alma, quizás temiendo el reencuentro  con un pasado dejado atrás hacía demasiado tiempo.  Me aterraban aquellos fantasma de antaño,  imaginarios monstruos que crecían en mi imaginación y que me desconcertaban, a pesar de mis canas.

Bajé al llegar, cargando mi maleta, y miré alrededor  para descubrí asombrado que a pesar de que todo había cambiado, curiosa, misteriosa, y maravillosamente continuaba  siendo igual. Todo continuaba estando donde siempre estuvo, todo, pero nada era igual, todo había cambiando, aunque de alguna manera continuaba siendo lo mismo.

Por aquel andén, el mismo andén, correteaban niños, otros niños, tal y como lo hiciéramos mi hermano y yo hace ya una eternidad. Mi hermano, ¿dónde estaría? ¿Qué habría sido de él? Le perdí la pista hace tanto tiempo que  se había convertido en un perfecto desconocido.

Tomé un taxi, y al dar la dirección para que me llevara,  el taxista se volvió y me preguntó:
-¿Es usted Rodrigo? ¿El Joven Rodrigo?
-Supongo que sí. - Respondí sorprendido.
-Su madre no paraba de hablar de usted. Lo hacía siempre, todos los días, repitiendo una y otra vez que se sentía muy orgullosa.  Realmente le quería. Le quería muchísimo. Con locura.
Aquellas palabras, regaladas tan gratuita y cordialmente, aliviaron mi alma como un bálsamo, llenándome de sosiego.  

Y llegamos a casa, a mi casa de entonces, y en la puerta un hombre apuraba un cigarrillo, un hombre, de aspecto desconocido.  Se quedó mirándome fijamente mientras bajaba del coche. Se acercó, y me tendió mano. La tomé al tiempo de levantarme y no pude impedir que me tirase hacia sí, sobre su pecho, apretándome  en un abrazo que reconocí en seguida. Él era Juan, era mi hermano, y  permanecimos unos minutos fundidos el uno en el otro,  mientras las lágrimas afloraban a mis ojos por primera vez. Temía llorar. Pensaba que me rompería al hacerlo, pero curiosamente, aquellas lágrimas que se escapaban de mi interior sin poderlas contener, me liberaban de aquel dolor tan punzante, de aquel pesar que me afligía desde que conocí la noticia de la muerte de mi madre. Mi hermano no dijo nada, no dijo absolutamente nada, prolongando  aquel abrazo como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido.

-Pasa Rodrigo, pasa. - Me dijo al fin conduciéndome al otro lado de aquella puerta que permanecía entreabierta. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al adentrarme entre aquellas paredes que me habían visto crecer.  Ella no estaba, se había marchado para siempre, pero de alguna manera sentí  de repente que continuaba estando allí presente, que jamás se marcharía del todo de aquel lugar. Fue entonces cuando comprendí, sin saber exactamente por qué, que la muerte no es el final.  Él asintió sin palabras,  con una media sonrisa, como si hubiera oído mis pensamientos, y entonces lloramos juntos, y ambos, curiosamente, comenzamos a sentirnos mejor, mucho mejor,  como si hubiéramos logrado algo verdaderamente importante. Así era, ella viviría por siempre en nosotros.  

Ignacio Bermejo Martinez