martes, 15 de febrero de 2011

Importancia de la política en nuestra sociedad


Al contrario de lo que afirma Eduard Punset en su blog desprestigiando a los políticos, ha tenido que ser precisamente la menospreciada política la que corrija y subsane el estrepitoso fracaso de la mano invisible del mercado.
Sin la intervención de ésta, estaríamos a merced de los mercados financieros, siendo víctimas del neoliberalismo más deshumanizado y egoísta que haya existido nunca.
Una vez más en la historia, la política ha velado por los intereses generales, y el tiempo pondrá en valor a los actores principales.

jueves, 27 de enero de 2011

Era tan risueña que llamaba la atención. Yo me fijé en ella nada más verla, sentada en el escalón de la casapuerta del bloque donde vivía, como una más de aquel coro de niñas que disfrutaba jugando, o hablando simplemente, cada tarde, al salir de la escuela.

No recuerdo exactamente en qué curso estaba, ni siquiera cual era su nombre, pero a ella no la olvidaré jamás, vestida con aquel uniforme de colegio de pago, con su falda a cuadros, formando tablas perfectamente planchadas, su polo blanco, ceñido a su menudo cuerpo de adolescente, sobre el que ya iban despuntando los vestigios de la mujer que sería, sus calcetines azules, estirados sobre sus piernas hasta el límite de sus rodillas, y su redonda cara, salpicada de pecas, con una expresión divertida y una sonrisa radiante, propia de un anuncio Profident.

Y no es que yo fuese un Don Juan, ni tuviera dotes de casanova, nada de eso en absoluto, por que por aquel entonces carecía de cualquier experiencia amatoria, y no digamos ya sexual, tabú con el que me sonrojaba de sólo pensarlo. Que yo recuerde, ella fue a la primera mujer que miré como tal, aunque reconozco, sin vergüenza alguna, que lo hice sin saber que lo estaba haciendo.

Yo entonces era un pazguato. Un chico como cualquier otro, en cuya cabeza, además de los quebraderos que producía las mates, la lengua o el latín, sólo había balones y botas de fútbol. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de ser algo distinto a futbolista. Estaba convencido de que yo había nacido para eso, de que ese era mi destino, y en aquel mundo, esencialmente de chicos, las chicas eran siempre algo secundario, al menos para los juveniles de primer año, porque los mayores iban cambiando de idea en la medida en que se acercaban a los dieciocho años de edad.

Desde aquella tarde que me quedé pasmado, y casi sin querer fui repitiendo cada día mi itinerario, para pasar por delante de ella, siempre a la misma hora, y siempre mirándola desde lejos, con la vaga esperanza de que alguna vez, ella me mirase y reparara en mi de la misma forma que yo en ella.

domingo, 23 de enero de 2011

Una tarde de invierno


Aquella tarde llovía. El agua fría, casi helada, caía a raudales mojando los cristales de la ventana de mi casa, desde la que podía ver cómo el viento azuzaba las ramas de los árboles del corral, arrancándoles las hojas muertas que, abandonadas para siempre, se perdían por la tierra.

El sonido constante de las gotas de agua golpeando el cristal y la tormenta lejana, me abstraían completamente, perdiendo mi consciencia por el ambiente grisáceo del momento, como si lo único que existiera en el mundo fuera aquella ventana, y lo único que estuviera sucediendo, al margen de la lluvia, el precipitar involuntario de las marrones hojas que caían hasta el suelo, para ser arrastradas inevitablemente hasta cualquier lugar desconocido.

domingo, 16 de enero de 2011

Recuerdos de unas tardes...

Recuerdo la delicada sensación bajo las plantas de mis pies descalzos que me producía el verdín acumulado sobre el muro de la alberca. Me solía desnudar al atardecer, en esas horas en las que los demás se ausentaban para dormir la siesta, y que yo aprovechaba para adentrarme en el frescor de aquel agua tan cristalina y misteriosa.

El olor de manantial callado y quieto y el casi imperceptible rumor de cascada del agua que derramada se alejaba por la acequia, me trasportaban a otros mundos; mundos lejanos, desconocidos, cargados de aventuras inimaginables.

Aquellas tardes solía cerrar los ojos al adentrarme hasta lo hondo. Me precipitaba hacia abajo, hasta notar en mi piel desnuda el limo del fondo. Y allí me quedaba, soñando, hasta que la necesidad de respirar me impulsaba nuevamente hacia arriba, a la realidad ineludible de mi cotidiana vida.

Salía y me tumbaba sobre las piedras secas, para que el sol me calentara y me secara. Luego me vestía, y regresaba a casa sin decir nada, con el espíritu renovado, resucitado por dentro, como renacido.


Ignacio Bermejo

sábado, 25 de diciembre de 2010

El pino de St. Martin

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Un día antes de Navidad, el cura del pequeño pueblo de St. Martin, en los Pirineos franceses, se preparaba para celebrar la misa, cuando empezó a sentir en el aire un perfume delicioso. Era invierno, y hacía mucho que las flores habían desaparecido, pero allí estaba ese aroma tan agradable, como si la primavera se estuviese adelantando. Intrigado, salió de la iglesia para buscar el origen de semejante maravilla, y acabó encontrando a un muchacho sentado frente a la puerta de la escuela. Junto a él, había una especie de árbol de Navidad completamente dorado. - Pero, ¡qué belleza de árbol! - dijo el párroco -. ¡Con ese aroma divino que desprende, parece que ha tocado el mismísimo cielo! ¡Y está hecho de oro puro! ¿Dónde lo conseguiste? El joven no reaccionó con especial alegría a los comentarios del religioso. - Es cierto que este árbol, como usted lo llama, cada vez ha ido pesando más mientras lo cargaba hasta aquí caminando, y que las hojas se han puesto duras. Pero eso no puede ser oro, y me da miedo pensar en lo que dirán mis padres cuando vean lo que les traigo. El muchacho relató entonces su historia: - Hoy por la mañana salí hacia la ciudad de Tarbes para comprar un árbol de Navidad con el dinero que mi madre me había dado. Pero ocurrió que, al cruzar un poblado, vi a una señora mayor, sola, sin familia con quien celebrar la gran fiesta de la Cristiandad, y le di un poco de dinero para la cena, confiado en que luego sabría arrancarle un descuento al vendedor de la floristería. "Al llegar a Tarbes, pasé frente a la gran prisión, y había allí algunas personas esperando la hora de la visita. Estaban todos tristes, pues iban a pasar esa noche lejos de sus seres queridos. Escuché que algunas de estas personas comentaban que ni siquiera habían conseguido comprar un pedazo de tarta. En ese mismo momento, impulsado por ese romanticismo que tienen los de mi edad, decidí compartir mi dinero con esas personas que lo necesitaban más que yo. Apenas guardaría una mínima cantidad para el almuerzo. Como el florista es amigo de mi familia, seguro que me daría el árbol, a cambio de que yo trabajase para él durante la semana siguiente, pagando así mi deuda. "Sin embargo, cuando llegué al mercado me enteré de que el florista que conocía no había ido a trabajar. Intenté por todos los medios que alguien me prestase dinero para comprar el árbol en otro lugar, pero fue imposible. "Me dije a mí mismo que conseguiría pensar mejor con el estómago lleno, así que me dirigí a una fonda, pero se me cruzó un niño que parecía extranjero y me preguntó si podía darle alguna moneda, pues llevaba dos días sin comer. Imaginando que el niño Jesús alguna vez también debió pasar hambre, le entregué a este otro lo poco que me quedaba, y me volví para casa. En el camino de regreso, le rompí una rama a un pino, y luego intenté retocarla, como podándola, pero fue poniéndose así de dura, que parece de metal, y no se parece ni de lejos al árbol de Navidad que mi madre está esperando. - Pequeño amigo - dijo el cura -, el perfume de este árbol tuyo no deja lugar a dudas: ha sido tocado por los Cielos. Déjame contarte lo que falta de tu historia: "En cuanto te alejaste de aquella señora, ella inmediatamente pidió a la Virgen María, madre como ella, que te devolviese de alguna manera el favor recibido. Los familiares de los presos pensaron que se habían encontrado con un ángel, y rezaron agradeciéndoles a los ángeles las tartas que consiguieron comprar. Y el niño con el que te cruzaste, por su parte, le dio las gracias a Jesús por haber saciado su hambre. "La Virgen, los ángeles, y el propio Jesús escucharon las peticiones de toda la gente a la que ayudaste. Cuando rompiste la rama del pino, la Virgen puso en ella el perfume de la misericordia. Mientras caminabas, los ángeles iban tocando sus hojas, transformándolas en oro. Por último, con todo ya concluido, Jesús examinó el trabajo, lo bendijo, y a partir de ahora, a quien toque este árbol de Navidad se le perdonarán los pecados y se le cumplirán los deseos. Y así ocurrió. Cuenta la leyenda que el pino sagrado aún se encuentra en St. Martin; pero su poder es tal que su bendición alcanza a todos los que ayudan al prójimo en la víspera de la Navidad, por muy lejos que se encuentren de este pequeño pueblo de los Pirineos.
(inspirado en una historia jasídica)

sábado, 20 de noviembre de 2010

Firma contra el maltrato y los abusos sexuales infantiles

manifiesto infancia

La Fundación Vicki Bernadet es una entidad que trabaja desde 1997 en la atención, prevención y sensibilización del abuso sexual infantil intrafamiliar y del entorno de confianza del niño/a. Durante estos años hemos topado a menudo con la incredulidad, el rechazo y la falta de apoyo tanto a nivel social como de algunas instituciones, minimizando así la incidencia del abuso y discriminándolo en relación a otras problemáticas. www.fbernadet.org

TE PIDO QUE FIRMES TU TAMBIÉN. PUEDES HACERLO EN: