sábado, 18 de noviembre de 2017

LA INCOHERENCIA DE LOS HECHOS RETORCIDOS. A la Hermandad del Nazareno.



LA INCOHERENCIA DE LOS HECHOS RETORCIDOS.
A la Hermandad del Nazareno.

Que la verdad sea poliédrica no significa que todo pueda llegar a ser cierto. Hay cosas que, las mires por donde las mires, no pueden ser verdad nunca, porque son, simple y sencillamente MENTIRAS.  Mentiras que nacen del rincón más oscuros del alma del ser humano que las engendra, bien por odio, por envidia, o lo peor y más ruin de todo, por un interés oculto y vergonzoso que motiva esa conducta.
Lamentablemente hoy, con mayor asiduidad que nunca, vemos en los medios de comunicación y propagados por las redes sociales, agresiones incomprensibles e injustas, mediante las cuales se ataca de una manera deshumana, por ejemplo, a la víctima de una violación, tratando de convertirla en parte del problema, y eximiendo a la vez al violador de parte de su asquerosa responsabilidad y reprochable conducta. ¿Cómo si no, alguien puede llegar a ser capaz de cuestionar que la violada, tras sufrir la agresión sexual, pueda tratar de llevar una vida normal? Es como si dieran por hecho que no tiene derecho a ello. Esto ocurre, lo oía ayer en la radio, y lamentablemente es fruto del dichoso resquicio de pensamiento machista que coexiste en la mentalidad de casi todos nosotros.
Hace unos días, leía perplejo que a la Hermandad del Nazareno, le habían robado una cantidad importante de dinero. Su Hermano Mayor, ante lo ocurrido, se pone en contacto con todos los hermanos, enviándoles una carta en la que explicaba los hechos, en la medida que el secreto sumarial y el procedimiento le permite. El hecho delictivo está claro: el Robo, y la victima también: la Hermandad del Nazareno, su Junta de Gobierno y por ende todos los hermanos. A esto que es así, algunos desalmados tratan de darle la vuelta de una manera incomprensible, como queriendo culpar de lo ocurrido precisamente a las víctimas, especialmente a la Junta de Gobierno con su Hermano Mayor a la cabeza, repitiéndose la misma conducta incomprensible, injusta, anodina y desdeñable que en el caso de la mujer violada, como si ellos fueran los culpables y hubieran tenido algo que ver en el detestable hecho de que alguien, aprovechándose de la confianza, decidiera, motu proprio, apropiarse  indebidamente de esa cantidad de dinero que, obviamente, no era suya.
Hay voces que reclaman responsabilidades, hay voces que, aprovechan lo ocurrido para cuestionar de manera oportunista la gestión que esta Junta de Gobierno, con Miguel Ángel Cruceira a la cabeza,  voces que se aprovecha vilmente de lo ocurrido, para descalificar y agredir, y digo bien, porque no deja de ser una agresión lo que están haciendo.  ¿Se han olvidado ya todo lo que estas personas de manera generosa y completamente altruista han hecho por esa Hermandad y sus hermanos? Han conseguido hitos tan importantes  como dar nuevamente sentido a esa palabra, HERMANDAD, recuperando para su nómina de hermanos a un montón de personas olvidadas y marginadas, que otros antes habían dejado tiradas en un rincón, en el rincón  hosco y sombrío del ostracismo, de la gente que por su edad ya no pueden portar a sus Titulares sobre sus hombros en la mágica Madrugá, cada Viernes Santos. Se han olvidado que la HERMANDAD, con estos hombres ha retomado una senda, antes impensable, de formación y de respeto por la dignidad, de solidaridad. Estos hombres han llevado a la HERMANDAD a un equilibrio económico financiero digno de alabanza, que hacen posible que sustente proyectos tan importantes como el ECONOMATO SOCIAL, algo de lo que todos los cofrades se empiezan a sentir orgullosos, sin tener siquiera que pertenecer de una manera directa a esta HERMANDAD. No es justo que tachen de malo o incompetentes a estos hombres y mujeres que están haciendo posible este milagro, hombres y mujeres que han diseñado un Doscientos Cincuenta Aniversario a la altura que la ocasión merece, con actos tan relevantes, que ya no sólo enorgullecen a todos los cofrades de la Isla, sino a toda la ciudad, y es que decir Nazareno, es decir San Fernando y viceversa.
No, no me voy a callar, y no lo voy a hacer porque sería una canallada por mi parte hacerlo. Miguel Ángel Cruceira y su Junta de Gobierno, no son los responsables del robo que ha sufrido la Hermandad. Ellos no son los culpables, son las víctimas, como todos los hermanos y la Hermandad misma. El responsable de los hechos es quien se ha llevado el dinero, y la justicia dirá quien ha sido, como ha sido y de qué manera pagará por ello.
Por mi parte, mostrar todo mi apoyo a quienes por esta conducta están sufriendo vejaciones, a esos que sin ser los responsables, se les pide explicaciones, a estos que sin ser los delincuentes, se encuentran con el problema de tener que sobreponer a la Hermandad de este palo tan inmerecido como injusto.
Ni a ellos, los robados, ni a la mujer violada, se pueden culpar de nada. NO PERMITAMOS QUE MENTES RETORCIDAS NOS HAGAN VER LO CONTRARIO.


Ignacio Bermejo Martínez. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

LA REFORMA LABORAL, UN INVENTO MALDITO DE RAJOY QUE NOS HA HECHO MAS POBRES


Desde que entra en vigor la Reforma Laboral en 2012 se puede observar, ya con cierta perspectiva, cuáles han sido las consecuencias de sus medidas, obviamente nefastas para los intereses de los trabajadores. Ahora sí que se puede afirmar que esta reforma ha servido para favorecer el desempleo, puesto que se han incrementado el número de parados de larga duración y se ha reducido la población ocupada, entre otros motivos por la destrucción masiva del empleo, que obviamente se ha acelerado desde la entrada en vigor de esta maldita reforma, de hecho, con ella, se ha agudizado en todas las provincias, y muy especialmente en  Cádiz, que ha perdido vergonzantemente gran parte de su población ocupada, por lo que si antes estábamos mal, ahora estamos realmente peor.
Por otro lado, también hay que denunciar que el número de despidos se ha incrementado  muy notablemente según los registros de los juzgados de lo Social en toda España, que  experimentan una subida que alcanza el 36,6%.
A partir de 2012 la población asalariada comenzó a sufrir una reducción que no se ha detenido hasta la fecha. En paralelo, el abuso de los contratos temporales alcanza sus niveles máximos a partir de este año. De hecho, en los tres últimos años menos del 3,6% de los contratos registrados son indefinidos, según el mismo estudio de CCOO en el que me he basado. Las modalidades de contratación más precarias son las que están ganando espacio, brotando los minicontratos, de menos de siete días. El descenso de asalariados con contrato indefinido ha sido en la provincia de Cádiz superior al  18,7%, cifra que lamentablemente sigue aumentando.
La precariedad también se ha hecho presente en este panorama desolador, puesto que tener un trabajo no significa poder vivir dignamente, en muchos de los casos. Todos conocemos algún que otro ejemplo de algún trabajador que a pesar de estar en activo, tiene la necesidad de acudir a Cáritas para poder adquirir los alimentos que con su sueldo no se puede permitir. Esto es algo sin parangón en la historia moderna de nuestro país, una verdadera vergüenza para el gobierno que no ha sabido ni medir, ni controlar los efectos nocivos de esta reforma tan dañina.  El número de personas con muchas dificultades para llegar a fin de mes, según la encuesta de Condiciones de Vida, se amplia y pasa de suponer el 18,1% de la población al  26,1%, panorama aterrador. Y es que no sólo cae la población ocupada, sino también los sueldos. La retribución media anual de la población asalariada ha caído en torno a un 3,1% en el conjunto de España, y es algo que se representa irrecuperable.
Y no solo cabe analizar el aumento de la precariedad, sino que también ha aumentado lamentablemente la siniestralidad, puesto que el miedo a perder el trabajo por parte de los trabajadores y los recortes en seguridad laboral por parte de las empresas, para abaratar los costos, nos han llevado a un  aumento de los accidentes de trabajo.
La reforma laboral de Rajoy ha sido mala, lo he mantenido desde siempre, y para constatarse de ello solo hay que analizar las estadísticas, que para eso están.

Ignacio Bermejo Martínez.

martes, 4 de julio de 2017

Mi homenaje a Camarón


“Flotando como un velero
de semilla florecia
en el corazón del sueño
sobre la plana perdia

Y la guitarra sonando
al son de una bulería,
y las  almas desgarradas
por el arte y por la vida.

Un pajarillo temblando
¡Qué pena me da, chiquillo!
con las alitas partías.
Un pajarillo temblando
quiere volar y no puede,
que el pajarito está herio.

 Azucena en el olivo
y en la garganta un geranio.
¡Que no se queda en olvido,
que no se queda en olvido,
que yo lo estoy recordando!
Camarón de la Isla,
un rubillo esmorecío
eternamente cantando.

Osadía de los quereres
que cabalgan
por la playa
sobre la arena mojá
en busca de amaneceres.

Lolai lolailo, lolai lolailo,
que las penas de los pobres,
son largas como un rosario.

Lolai lolailo, lolai lolailo,
y con las manos vacías
las palmas le va tocando.


Lolai lolailo, lolai lolailo.

sábado, 17 de junio de 2017

¡POLÍTICOS SI, POLÍTICA TAMBIÉN!


 Hoy quiero reflexionar sobre el valor que tiene hoy lo político, en unos momentos, en los que se está reconfigurando completamente el poder, y ciertamente me preocupa y mucho.
Comenta el profesor Fernando Vallespin, Catedrático de Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, que tradicionalmente las dos ideas de  poder y política iban unidas. El poder se encuadraba dentro de lo político, dentro del Estado, dentro de las instituciones, pero nos encontramos hoy día con que se ha producido una clara escisión: el poder va por un lado, y la política va por otro. Esto lo sabemos fundamentalmente cuando se analiza la globalización, que es además el caso que permitió a Simund Bouman, lectura que aconsejo ciertamente, a introducir esta distinción. Él dice que el poder es la capacidad para hacer cosas, la capacidad para conseguir fines sociales, y la política, es la capacidad para decidir cómo queremos hacer esas cosas, pero vivimos en una sociedad compleja en la que la política ha perdido gran parte de su protagonismo, pues ya no es la sede de las decisiones fundamentales que se adoptan en la sociedad, sino que en muchos casos la política tiene que actuar en rescate de la propia sociedad, frente a quienes realmente ostentan el poder. La política no decide cómo deben vivir los ciudadanos, sino cómo se pueden defender frente a poderes facticos muy difícilmente controlables. Y esta reflexión me lleva a una situación de preocupación, pues la sociedad no es consciente del daño que se hace a sí misma denostando a los políticos y a la política, porque en que en definitivas son el instrumento más válido, creo que ciertamente el único, para defender los intereses generales de todos y de todas.
El mundo en que vivimos hoy es un mundo crecientemente tecnificado, es un mundo donde la mayoría de las decisiones son adoptadas por personas, por grupos, o instituciones y empresas, que están en posesión de un conocimiento experto. Esas personas, esas instituciones, esas empresas, al final, tienen la capacidad de imponer ese conocimiento como una necesidad en sí misma, sin cuestionar si quiera si es posible otro tipo de alternativas para resolver problemas. Así nos encontramos ante la imposición de la tecnocracia frente a la democracia. En el fondo, es esto lo que subyace en esta disyuntiva, desde la perspectiva de la teoría democrática. En democracia lo que hace el conocimiento experto, es ofrecernos alternativas, que después los ciudadanos compramos o no, aceptamos o no, pero no invade el espacio para que este pueda decidir con libertad una u otra opción. En Democracia es siempre el ciudadano quien decide, pero lo que ocurre es que muchas veces, el conocimiento experto no respeta ese principio e invade esa capacidad de decisión del ciudadano, presentando una de las opciones como la única posible, como la única válida, e imponiéndola. Lo hemos vivido muy recientemente en Europa en todo lo que se refiere a la gestión de la crisis. Desde Europa, mediante políticas tecnócratas nos han impuesto que la única manera de gestionar la crisis era la austeridad, el decrecimiento, el recorte, la contención, y no se ha dado posibilidad a los ciudadanos de elegir entre otras posibles opciones,  sino que nos hemos tenido que conformar con esas políticas impuestas desde Berlín y desde Frankfurt.
Como decía, hay que tener mucho cuidado con desprestigiar y denostar la política, porque esta es la única herramienta capaz de proteger la esencia de lo democrático, y solo desde la democracia se cuida de una manera real el bien común, los intereses generales, lo público. Otra manera de decidir, permitirá que quienes ejerzan el poder podrán derivar las decisiones a otros ámbitos de intereses  más reducidos, y luego nos quejaremos cuando veamos que somos incapaces que reaccionar en aras a la igualdad de oportunidad entre todos y todas.  En fin, ustedes sabrán…
Ignacio Bermejo Martínez

miércoles, 3 de mayo de 2017

No sé si ha sido eso.


No sé si ha sido un mero pensamiento,
si acaso un deseo inconfesable,
el ruego de un suspiro incontrolado
de un alma entreabierta y confundida
ahogándose en un grito sin sonido
en el silencio opaco de mi interior oscuro.

No sé si ha sido un gesto, un mero gesto
de mi mano abierta, que extendida,
quería  vencer  al infinito, rompiendo la distancia
de un cuerpo hasta otro cuerpo
para alcanzar tu piel, y rozarla,
y tocarte.

No sé si ha sido eso,

o el dolor de una mirada extirpando el sentimiento. 

Ignacio Bermejo

viernes, 28 de abril de 2017

“Retazos como Jirones de un pasado incierto”


Me viene a la memoria a retazos, como jirones de un pasado lejano desdibujado ya por el tiempo, una tarde lejana de verano, posiblemente vísperas de San Juan, en la que desde la playa de la Casería, con un carrillo de mano, se adentraba en la plaza de la iglesia con estrepitoso escándalo, para la algarabía del resto de los vecinos,  un hombre envuelto en sapina, que a mí, posiblemente víctima de mi propia imaginación, debo reconocer que siempre muy vigorosa y voladiza, se me asemejaba a un gorila escapado de algún circo, o quizás un monstruo marino.  Era el Majanillo, un personaje rudo del lugar, que vivía de pelearse a diario con la mar, de donde sustraía hermosas, frescas y brillantes mojarras y choquitos pequeños y tiernos que vendían a la puerta del bar, exponiéndolos sobre un improvisado mostrador de cajillos viejos, procurándose el sustento.
Aquella imagen, de recuerdo difuso que a todos hacía reír, a mí me aterraba, quizás porque a mi corta edad era incapaz de discernir de manera coherente y correcta la realidad en que vivía, y es que era un niño, tan solo un niño, y pensaba como tal.
El resto de hombres, quizás tan rudos como el Majanillo, vestidos con camisas abotonadas de colores apagados, con pantalones grises, que ataban, y digo bien, ataban a la cintura por cintos de cuero negro y gastado, que a falta de hebillas y agujeros, no llegaron  nunca a ser verdaderas cinturones. Entre ellos, Manuel, quien el hambre lo llevó un cierto día a hacer un puchero de gaviota, pájaro de carne salada y dura, difícil de comer, o el Marruengo, un hombre siempre viejo y doblado como una alcayata, de tanto labrar la tierra de las huertas para preñarla de plantas que criaba mimándolas como a hijas que crecieran sanas, también frescas y lozanas, hasta arrancarlas finalmente y venderlas, como el Majanillo hacía con el pescado, para mal vivir con las cuatro pesetas conseguidas.
Mis coetáneo sabrán de quienes les hablo, y recordarán también, como yo, a Petra, nombre de mujer que por aquel entonces me resultaba despectivo por asociarlo quizás a aquella de recuerdo desagradable, y que el tiempo, redondeada ya la aspereza de aquella mirada inocente y posiblemente equivocada de niño, lo han transformado en uno de los más bonitos del santoral.  Ella era vieja, y vestía siempre de gris, con un bambo, al menos así llamaba mi madre a aquel vestido que, a modo de bata, se abotonaban por delante, de arriba abajo, y que ella empleaba para ataviar un medio luto sempiterno, posiblemente en memoria de algún ser querido muerto en la guerra, o quizás como respuesta a un tiempo pasado oscuro que atormentara su alma. Vivía sola, en una casa tan vieja y pequeña como ella, a la que accedía subiendo dos grandes escalones, en los que a veces me sentaba para jugar a las chapas, y que a ella se les hacían una barrera insuperable, sobre todo cuando el orujo mermaba las pocas fuerzas que le quedaban, y es que la recuerdo, y ya digo que quizás de manera injusta y equivocada,  como una vieja loca, desfasada y borracha, que como Penélope, perdió el  tren de su vida, y quedó varada en aquella estación perdida por siempre esperando su regreso.


Ignacio Bermejo Martínez

domingo, 19 de marzo de 2017

EFIMERO


Parar un momento de la vida y echar la vista atrás es inquietante, y lo es porque no nos damos cuenta, inmersos en la vorágine diaria en que vivimos, de que la vida pasa, y pasa tan deprisa que se nos escapa como agua entre los dedos, como  las personas con las que convivimos, que también pasan, y lo hacen tan rápidamente que,  cuando somos conscientes de su naturaleza efímera,  no podemos evitar un profundo sentimiento de vacío y de desasosiego. Echar la vista atrás para recordar, satisfaciendo la curiosidad de años, respondiendo a la pregunta de qué fue de ellos: 

-¿Mi vecina, la de la puerta de al lado?  -Muerta.
-¿Y la madre de Gregorio? -También muerta. Y su vecina de arriba, y la madre de los chiquillos raros. Manolo el Gordo, Paco el tendero, Adelaida la de enfrente, su esposo y su hijo,  y los padres de Diego. Todos, todos muertos. El viejo del sombrero que tanto nos reñía, y Lola, la de la fonda.  La madre de Rosi, la amiga de tu hermana, su padre, todos, todos muertos.

Y es que vamos poco a poco dejando de ser eternos, para convertirnos,  lenta e inexorablemente, en esos seres débiles, cada vez más débiles, ligeros como plumas, volátiles como polvo, que comenzamos  a morir sin ser conscientes, casi sin darnos cuenta,  en el mismo instante en que nacemos, emprendiendo  este viaje sin retorno que es la vida. Somos seres finitos que, como todos mis vecinos, terminaremos muertos,  marchándonos de aquí para no volver jamás, para no volver a ser, para no volver a estar.  Sí, tú que me lees, y yo mismo. Seres fugaces como estrellas, que cruzan el firmamento oscuro de una existencia rápida, tan rápida que apenas existimos.

La vida es corta. No existe el tiempo. El tiempo es un invento con el que nos engañamos, o nos engañaron, y somos tan efímeros que pasamos en un abrir y cerrar de ojos,  la vida es un suspiro, hermosa en su comienzo y valiosa mientras dura, pero un engaña bobos.  
Y ahora que tocando estoy con la punta de mis dedos la barrera de los cincuenta años, me paro para mirar atrás y percibo como la nada avanza y viene hacia mí  con ganas de tragarme, la nada aterradora y oscura de lo eterno, de lo infinito. Un manto ineludible e inapelable de lógica y de paz.  Siempre pensé que la verdad era como una luz brillante, y no era cierto, la verdad es algo oscuro y frio.

Ayer,  mi ayer cercano, preadolescente  despreocupado,  jugaba en la calle con Gregorio, con Chari, Javier Moreno, Mari Carmen, Javier el Rubio, Agustín, Roberto, y otros, y  el tiempo era algo que parecía parado. Me sentía intocable, invencible. Pensaba que era un dios,  como si aquello que sentía en aquel instante, fuese a durar para siempre. Eterno es la palabra maldita de la que a lo largo de la vida te vas desengañando. Ayer, mi ayer cercano, jugaba, quizás soñaba, bajo la mirada atenta de una madre que se fue temprano, como la vecina de arriaba, la vieja Joaquina, la abuela que sin serlo, tantas y tantas veces ejerció de ello.  Dónde estarán, me pregunto algunas veces, empeñado en no reconocer que ya no están sencillamente.

Y ha sido en un descuido, en un despiste breve, en el que todos ellos se marcharon y no ha sido hasta ahora, hasta ahora que me paro, que me he dado cuenta de lo solo que estoy,  cada vez más solo y, a pesar de ello, menos asustado, sabiendo que no soy nada.

No, no somos inmortales, ni inexpugnables. No somos tan fuertes  ni afanosos como creí serlo alguna vez.


Nada fui, y a la nada voy sin remedio, o ella viene a por mí, o tras de mí, hasta alcanzarme, hasta que llegue el momento de desaparecer y apagarme como la llama de un mechero.