jueves, 17 de febrero de 2011

Poesía como alimento.


Será porque en frente, adormilado,

se esconde el monstruo de cuchillos

escapado del pasado

cargado de colmillos.


Será porque he visto desde lejos

sus ojos inyectados

de un odio que te aterra

que te oprime y te asfixia hasta pararte.


Injusticias sin derechos

que enarbolan la bandera

del egoísmo y del miedo.


Por eso escribo y canto.

Por eso hablo y grito

repletos mis pulmones y el resto de mi cuerpo

de una fuerza que supera mis instintos.


Sin miedo alzo la voz

y reclamo para el pobre, lo que es del pobre.


Poesía como alimento del alma oprimida,

como ungüento del cuerpo vilmente amordazado,

como aire que respiran

aquellos olvidados perdidos por abajo.


Porque ya es tiempo de levantar la cabeza,

y de agachar las manos,

de nunca más pedir,

y de exigir, mirando cara a cara,

todo aquello que es nuestro,

lo que nos pertenece,

lo que nos quitaron.


Será por eso mi poesía,

será por eso mi canto.



Autor: Ignacio Bermejo Martinez.
Todos los derechos reservados.



miércoles, 16 de febrero de 2011

Una opinión personal sobre el aborto.

Me parece un ejercicio de cínica hipocresía, tratar de situar a alguien en la encrucijada de tener que definirse obligatoriamente contra el aborto, sólo por el hecho de posicionarlo frente al Partido en el que milita, con la intención, poco loable, de debilitarlo en sus decisiones, para beneficiar de alguna forma la opción política contraria.

Es el viejo dilema fariseo, repetido una y mil veces a lo largo de la historia, exactamente el mismo con el que pretendieron desacreditar a Jesús, y que Él tan sabiamente eludió pronunciando la célebre frase de “Dad a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”.

-Si respondo que estoy a favor del aborto, me estaré situando contra la Iglesia a la que deseo pertenecer por mi condición de católico practicante, y si digo lo contrario, me tacharán de incoherente, así que diga lo que diga ya estoy condenado de antemano a salir mal parado. Ante esto, obviamente, es preferible no decir nada, al menos nada claro, sobre todo cuando el que pregunta se escuda en el más que reprochable anonimato.

Permítanme que me cuestione si esta estrategia es propia de alguien que se manifiesta presumiendo de un exacerbado sentimiento cristiano, o contrariamente atenta contra la caridad cristiana, tan escasa como valiosa en estos días.

Estoy plenamente convencido de que se puede ser perfectamente católico y militar al mismo tiempo en el Partido Socialista, a pesar de lo que creen muchos intolerantes para los que ser de izquierdas es estar condenado a la excomunión.

Con total sinceridad no creo que ambas cosas sean incompatibles, sobre todo porque en ambos estamentos prevalece el derecho del individuo al libre albedrío, al margen de que tampoco existe, al menos no lo conozco, ningún reglamento, normativa, estatuto, decreto o ley que lo impida.

Yo no me siento excluido en absoluto en ninguno de los dos lugares, y creo que este tipo de cuestiones responden casi siempre a las tácticas de política negra generadas casi siempre por el adversario, que busca solamente fortalecerse para ganar.

Como digo, no conozco ningún credo que obligue a nadie a manifestarse de manera pública sobre el parecer que cada cual tenga sobre el aborto. El parecer que cada cual tenga al respecto, obedece a un sentimiento ético personal e íntimo. No obstante, por mi condición de hombre, nunca he abortado ni podré hacerlo. Dicho esto, no entiendo el interés de querer involucrarme en los actos que otros, ajenos a mi persona, puedan hacer desde su libre albedrío, ni tampoco entiendo por qué debo de posicionarme de manera pública al respecto, cuando nunca he abortado. ¿No fue precisamente Jesús quien dijo “por mis obras me conoceréis”?

Como hombre, no he podido abortar nunca. No por ello es menos cierto que como tal me resultaría muy sencillo posicionarme en contra, pero hacerlo de manera tan vehemente no sería correcto, sobre todo, porque el aborto no es un tema de partidos políticos, sino de personas. ¿Acaso no hay muchas mujeres del PP a favor del aborto? Claro que sí, muchas mujeres y muchos hombres también.

El aborto es una cuestión de personas, de ética, de moral y también de fe, pero una ética, una moral y una fe que a veces se ven sobrepasadas por las circunstancias personales de cada cual, y se quedan al margen de una decisión personal que se puede tomar de manera libre o forzada, según la historia de cada cual, y que nos puede parecer mejor o peor, pero que responde a la responsabilidad personal de quien decide abortar, y solo de esa persona y nadie más.

No debemos señalar tan a la ligera con nuestro dedo acusador y justiciero, puesto que no es justo que seamos ninguno de nosotros quienes juzguemos a las mujeres que, por desgracia se encuentre con la trágica necesidad de decidir tal cosa, y mucho menos, criminalizarlas por ello.

Es precisamente el sentir cristiano, el que debería obligarnos a empatizar con las mujeres que abortan, especialmente con aquellas que por su precaria situación económica lo hacen en situación insegura y poniendo en riesgo sus propias vidas. Creo esto porque ninguna mujer se place de abortar. Abortar es siempre una tragedia, es una decisión durísima difícil de superar, por tanto ¿quién soy yo para enjuiciar a estas personas? Tengo muy claro que jamás juzgaré a ninguna mujer que aborte. No creo que eso sea lo que Dios me pida. Estoy convencido de que es precisamente todo lo contrario, que me muestre sensible ante estos dramas sociales y susceptible de poder acoger nuevamente a estas personas, brindándole toda la ayuda y la protección posible, postura que se refuerza desde el civismo que me inspira mi ideología progresista. Obligación que debo asumir al margen de la opinión personal que tenga yo sobre el aborto, algo que es meramente insignificante en el contexto de este drama.

El socialista más verdadero es aquel que es siempre solidario, ése que está dispuesto a compartir hasta lo necesario para vivir dignamente. Hay que ser solidarios con los empobrecidos y con los débiles, y ¿qué es sino esto una mujer que aborta?

Abortar, ya lo he dicho y redicho, es siempre una tragedia que nadie quiere ni desea para sí. La mujer que aborta es siempre una víctima, y no pueden ser nunca piedra farisea para arrojar contra nadie ni contra nada.

Lo verdaderamente reprochable de todo esto, lo que se debería de criticar seriamente, es que el aborto se convierta en un bien de consumo al alcance exclusivamente de los bolsillos más privilegiados, porque hay que tener en cuenta que curiosamente no son nunca las mujeres más humildes las que abortan de esta manera. Son precisamente aquellas que disfrutan de una estabilidad económica, las que se lo pueden permitir, garantizándose una manera de abortar segura, cómoda y anónima, sustentando y engordando una censurable desigualdad social que sí que se debe erradicar.

martes, 15 de febrero de 2011

Importancia de la política en nuestra sociedad


Al contrario de lo que afirma Eduard Punset en su blog desprestigiando a los políticos, ha tenido que ser precisamente la menospreciada política la que corrija y subsane el estrepitoso fracaso de la mano invisible del mercado.
Sin la intervención de ésta, estaríamos a merced de los mercados financieros, siendo víctimas del neoliberalismo más deshumanizado y egoísta que haya existido nunca.
Una vez más en la historia, la política ha velado por los intereses generales, y el tiempo pondrá en valor a los actores principales.

jueves, 27 de enero de 2011

Era tan risueña que llamaba la atención. Yo me fijé en ella nada más verla, sentada en el escalón de la casapuerta del bloque donde vivía, como una más de aquel coro de niñas que disfrutaba jugando, o hablando simplemente, cada tarde, al salir de la escuela.

No recuerdo exactamente en qué curso estaba, ni siquiera cual era su nombre, pero a ella no la olvidaré jamás, vestida con aquel uniforme de colegio de pago, con su falda a cuadros, formando tablas perfectamente planchadas, su polo blanco, ceñido a su menudo cuerpo de adolescente, sobre el que ya iban despuntando los vestigios de la mujer que sería, sus calcetines azules, estirados sobre sus piernas hasta el límite de sus rodillas, y su redonda cara, salpicada de pecas, con una expresión divertida y una sonrisa radiante, propia de un anuncio Profident.

Y no es que yo fuese un Don Juan, ni tuviera dotes de casanova, nada de eso en absoluto, por que por aquel entonces carecía de cualquier experiencia amatoria, y no digamos ya sexual, tabú con el que me sonrojaba de sólo pensarlo. Que yo recuerde, ella fue a la primera mujer que miré como tal, aunque reconozco, sin vergüenza alguna, que lo hice sin saber que lo estaba haciendo.

Yo entonces era un pazguato. Un chico como cualquier otro, en cuya cabeza, además de los quebraderos que producía las mates, la lengua o el latín, sólo había balones y botas de fútbol. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de ser algo distinto a futbolista. Estaba convencido de que yo había nacido para eso, de que ese era mi destino, y en aquel mundo, esencialmente de chicos, las chicas eran siempre algo secundario, al menos para los juveniles de primer año, porque los mayores iban cambiando de idea en la medida en que se acercaban a los dieciocho años de edad.

Desde aquella tarde que me quedé pasmado, y casi sin querer fui repitiendo cada día mi itinerario, para pasar por delante de ella, siempre a la misma hora, y siempre mirándola desde lejos, con la vaga esperanza de que alguna vez, ella me mirase y reparara en mi de la misma forma que yo en ella.

domingo, 23 de enero de 2011

Una tarde de invierno


Aquella tarde llovía. El agua fría, casi helada, caía a raudales mojando los cristales de la ventana de mi casa, desde la que podía ver cómo el viento azuzaba las ramas de los árboles del corral, arrancándoles las hojas muertas que, abandonadas para siempre, se perdían por la tierra.

El sonido constante de las gotas de agua golpeando el cristal y la tormenta lejana, me abstraían completamente, perdiendo mi consciencia por el ambiente grisáceo del momento, como si lo único que existiera en el mundo fuera aquella ventana, y lo único que estuviera sucediendo, al margen de la lluvia, el precipitar involuntario de las marrones hojas que caían hasta el suelo, para ser arrastradas inevitablemente hasta cualquier lugar desconocido.

domingo, 16 de enero de 2011

Recuerdos de unas tardes...

Recuerdo la delicada sensación bajo las plantas de mis pies descalzos que me producía el verdín acumulado sobre el muro de la alberca. Me solía desnudar al atardecer, en esas horas en las que los demás se ausentaban para dormir la siesta, y que yo aprovechaba para adentrarme en el frescor de aquel agua tan cristalina y misteriosa.

El olor de manantial callado y quieto y el casi imperceptible rumor de cascada del agua que derramada se alejaba por la acequia, me trasportaban a otros mundos; mundos lejanos, desconocidos, cargados de aventuras inimaginables.

Aquellas tardes solía cerrar los ojos al adentrarme hasta lo hondo. Me precipitaba hacia abajo, hasta notar en mi piel desnuda el limo del fondo. Y allí me quedaba, soñando, hasta que la necesidad de respirar me impulsaba nuevamente hacia arriba, a la realidad ineludible de mi cotidiana vida.

Salía y me tumbaba sobre las piedras secas, para que el sol me calentara y me secara. Luego me vestía, y regresaba a casa sin decir nada, con el espíritu renovado, resucitado por dentro, como renacido.


Ignacio Bermejo

sábado, 25 de diciembre de 2010

El pino de St. Martin

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Un día antes de Navidad, el cura del pequeño pueblo de St. Martin, en los Pirineos franceses, se preparaba para celebrar la misa, cuando empezó a sentir en el aire un perfume delicioso. Era invierno, y hacía mucho que las flores habían desaparecido, pero allí estaba ese aroma tan agradable, como si la primavera se estuviese adelantando. Intrigado, salió de la iglesia para buscar el origen de semejante maravilla, y acabó encontrando a un muchacho sentado frente a la puerta de la escuela. Junto a él, había una especie de árbol de Navidad completamente dorado. - Pero, ¡qué belleza de árbol! - dijo el párroco -. ¡Con ese aroma divino que desprende, parece que ha tocado el mismísimo cielo! ¡Y está hecho de oro puro! ¿Dónde lo conseguiste? El joven no reaccionó con especial alegría a los comentarios del religioso. - Es cierto que este árbol, como usted lo llama, cada vez ha ido pesando más mientras lo cargaba hasta aquí caminando, y que las hojas se han puesto duras. Pero eso no puede ser oro, y me da miedo pensar en lo que dirán mis padres cuando vean lo que les traigo. El muchacho relató entonces su historia: - Hoy por la mañana salí hacia la ciudad de Tarbes para comprar un árbol de Navidad con el dinero que mi madre me había dado. Pero ocurrió que, al cruzar un poblado, vi a una señora mayor, sola, sin familia con quien celebrar la gran fiesta de la Cristiandad, y le di un poco de dinero para la cena, confiado en que luego sabría arrancarle un descuento al vendedor de la floristería. "Al llegar a Tarbes, pasé frente a la gran prisión, y había allí algunas personas esperando la hora de la visita. Estaban todos tristes, pues iban a pasar esa noche lejos de sus seres queridos. Escuché que algunas de estas personas comentaban que ni siquiera habían conseguido comprar un pedazo de tarta. En ese mismo momento, impulsado por ese romanticismo que tienen los de mi edad, decidí compartir mi dinero con esas personas que lo necesitaban más que yo. Apenas guardaría una mínima cantidad para el almuerzo. Como el florista es amigo de mi familia, seguro que me daría el árbol, a cambio de que yo trabajase para él durante la semana siguiente, pagando así mi deuda. "Sin embargo, cuando llegué al mercado me enteré de que el florista que conocía no había ido a trabajar. Intenté por todos los medios que alguien me prestase dinero para comprar el árbol en otro lugar, pero fue imposible. "Me dije a mí mismo que conseguiría pensar mejor con el estómago lleno, así que me dirigí a una fonda, pero se me cruzó un niño que parecía extranjero y me preguntó si podía darle alguna moneda, pues llevaba dos días sin comer. Imaginando que el niño Jesús alguna vez también debió pasar hambre, le entregué a este otro lo poco que me quedaba, y me volví para casa. En el camino de regreso, le rompí una rama a un pino, y luego intenté retocarla, como podándola, pero fue poniéndose así de dura, que parece de metal, y no se parece ni de lejos al árbol de Navidad que mi madre está esperando. - Pequeño amigo - dijo el cura -, el perfume de este árbol tuyo no deja lugar a dudas: ha sido tocado por los Cielos. Déjame contarte lo que falta de tu historia: "En cuanto te alejaste de aquella señora, ella inmediatamente pidió a la Virgen María, madre como ella, que te devolviese de alguna manera el favor recibido. Los familiares de los presos pensaron que se habían encontrado con un ángel, y rezaron agradeciéndoles a los ángeles las tartas que consiguieron comprar. Y el niño con el que te cruzaste, por su parte, le dio las gracias a Jesús por haber saciado su hambre. "La Virgen, los ángeles, y el propio Jesús escucharon las peticiones de toda la gente a la que ayudaste. Cuando rompiste la rama del pino, la Virgen puso en ella el perfume de la misericordia. Mientras caminabas, los ángeles iban tocando sus hojas, transformándolas en oro. Por último, con todo ya concluido, Jesús examinó el trabajo, lo bendijo, y a partir de ahora, a quien toque este árbol de Navidad se le perdonarán los pecados y se le cumplirán los deseos. Y así ocurrió. Cuenta la leyenda que el pino sagrado aún se encuentra en St. Martin; pero su poder es tal que su bendición alcanza a todos los que ayudan al prójimo en la víspera de la Navidad, por muy lejos que se encuentren de este pequeño pueblo de los Pirineos.
(inspirado en una historia jasídica)