
No recuerdo exactamente en qué curso estaba, ni siquiera cual era su nombre, pero a ella no la olvidaré jamás, vestida con aquel uniforme de colegio de pago, con su falda a cuadros, formando tablas perfectamente planchadas, su polo blanco, ceñido a su menudo cuerpo de adolescente, sobre el que ya iban despuntando los vestigios de la mujer que sería, sus calcetines azules, estirados sobre sus piernas hasta el límite de sus rodillas, y su redonda cara, salpicada de pecas, con una expresión divertida y una sonrisa radiante, propia de un anuncio Profident.
Y no es que yo fuese un Don Juan, ni tuviera dotes de casanova, nada de eso en absoluto, por que por aquel entonces carecía de cualquier experiencia amatoria, y no digamos ya sexual, tabú con el que me sonrojaba de sólo pensarlo. Que yo recuerde, ella fue a la primera mujer que miré como tal, aunque reconozco, sin vergüenza alguna, que lo hice sin saber que lo estaba haciendo.
Yo entonces era un pazguato. Un chico como cualquier otro, en cuya cabeza, además de los quebraderos que producía las mates, la lengua o el latín, sólo había balones y botas de fútbol. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de ser algo distinto a futbolista. Estaba convencido de que yo había nacido para eso, de que ese era mi destino, y en aquel mundo, esencialmente de chicos, las chicas eran siempre algo secundario, al menos para los juveniles de primer año, porque los mayores iban cambiando de idea en la medida en que se acercaban a los dieciocho años de edad.
Desde aquella tarde que me quedé pasmado, y casi sin querer fui repitiendo cada día mi itinerario, para pasar por delante de ella, siempre a la misma hora, y siempre mirándola desde lejos, con la vaga esperanza de que alguna vez, ella me mirase y reparara en mi de la misma forma que yo en ella.