lunes, 11 de junio de 2007

Carta a Manolo Fando:

Mi querido amigo: No quiero hablar de ti. Si te escribo, es para hablarte de mí, de lo que ha supuesto conocerte. Te ruego que me perdones por el atrevimiento y por la torpeza que seguramente mostraré al ser incapaz de expresar con claridad lo que pretendo, entre otras cosas, porque a los hombres nos cuesta muchísimo mostrar abiertamente nuestros sentimientos.
Yo me siento escritor por encima de todas las cosas. Escribir es lo más importante de mi vida, al margen de mi familia, por supuesto. Es por esa vocación, por la que cumplo fielmente con el compromiso adquirido con este periódico de opinar cada semana sobre temas de actualidad, principalmente de nuestra ciudad. Opinar se puede hacer de miles maneras diferentes, pero yo opté por la única forma que sé, que es con claridad, con sencillez y sobre todo, con honestidad. Siempre digo lo que siento, no disfrazo mi opinión para dorarle la píldora a nadie ni me escondo detrás de medias verdades para salvaguardar mis intereses personales. Actuar con esa vehemencia resulta, en la mayoría de los casos, nada prudente y poco inteligente, pues mostrarse tal cual es uno, sin esconder ninguna carta debajo de la manga, te deja a merced del enemigo. Me he acostumbrado a jugar en desventaja y eso me produce en el alma un curioso sentimiento de soledad, con el que tengo que luchar. Así es, amigo Manolo. Me siento tremendamente sólo cada vez que opino sobre temas que escuecen o molestan, porque muchos de los que se auto califican amigos míos, me sonríen y me dan palmaditas en la espalda, pero no son sinceros, pues se ejercitan en una hipocresía que les es innata y que vislumbro a ciencia cierta, para mi desdicha.
Ser como soy, es un problema para muchos, pues están los que me soportan a la fuerza, porque nos les queda más remedio, porque saben que en los tiempos que corren hay que respetar la diversidad de ideas. Estos me dejan estar, pero no me quieren. También están los hipócritas, esos que me besan cuando se encuentran a solas conmigo, pero que me vilipendian a la espalda. Los conozco a todos ellos y los perdono de corazón, pues sé de nuestra débil naturaleza humana. Ellos tampoco son mis amigos. Luego están los que abiertamente me rechazan, los que ni siquiera me miran a la cara y me obvian por lo que pienso. Te doy mi palabra de que nada tengo en contra ellos. Es más, en verdad son como yo, pero al revés. Estos al menos se merecen todo mi respeto. Por último, el grupo reducidísimo de mis verdaderos amigos, esos que al margen de las ideas, me aceptan y me quieren tal y como soy. A ellos me debo, pero son tan pocos, que no pueden paliar ese extraño sentimiento de soledad que experimento cada vez que expongo mi opinión a bocajarro. Esto que te cuento, es lo que hace ciertamente importantísimo el haberte conocido, entre otras cosas, porque entre tu y yo no ha faltado ese guiño de complicidad que nos hacemos los que pensamos igual. Tu has participado de mi vehemencia con tus constantes felicitaciones, y por tanto, has compartido conmigo ese mundo de claridad y de verdad. Podemos estar los dos tremendamente equivocados, es posible que así sea, pero no nos avergonzamos al afirmar, con contundencia y valentía, lo que somos. Tú, una gran persona a la que desde estas líneas le quiero trasmitir toda la esperanza y la fuerza del mundo. ¡ Lucha amigo! Lucha con coraje y trata de vencer tu enfermedad. Hazlo porque los hombres como tú palian en parte la soledad que sienten en el alma los hombre como yo. Un fuerte abrazo de todo corazón.