
Permítanme que me aparte de cualquier influencia política, de cualquier interés personal, de cualquier interpretación manipulable, pues lo que hoy quiero contarles es sólo el resultado de la observación independiente que últimamente estoy teniendo sobre la gente de nuestro pueblo, sobre nosotros.
La crisis económica nos está dando de lleno, ha agujereado el casco, justo en la línea de flotación, del barco donde navegaban muchas familias que antes subsistían a duras penas con dos sueldos, y que ahora, sin trabajo de uno de los cónyuges o en el paro los dos, no tienen a donde ir y se encuentran con una mano delante y otra detrás.
Son muchos los casos conocidos. Son muchas las tragedias que estamos viendo, porque lamentablemente, con independencia de a quien achaquemos la responsabilidad de esta maldita crisis, lo cierto es que está generando muchísima pobreza y convirtiendo en víctima a la amplia clase media.
Y muchos ahora pretenden demostrar que llevaban razón cuando decían que no se podía vivir por encima de nuestras posibilidades, y tenían razón, pero no es tiempo de reproches, sino de todo lo contrario. Tenían razón, pero aquellos que consumieron compulsivamente, hipnotizados por el sueño del bienestar, grandes casas, grandes coches, grandes frigoríficos y televisores, grandes, grandes, grandes, ahora no pueden hacer frente a sus deudas contraídas y no saben qué hacer.
La crisis es profunda y, aunque ha calado hasta la médula de la sociedad, lo ha hecho con una celeridad que no terminan de comprender ni de creer los grandes sabios economistas del mundo entero. Muchos se han convertido en pobres de repente y les ha sucedido tan rápido que aún no son conscientes de su sueva situación, porque los pobres no han tenido tiempo para la desesperanza. Por ello creo que lo peor de esta crisis no es lo que está ocurriendo ahora, pues el remanente de nuestra economía, la inercia consumista que tenemos hace que en la mayoría de los hogares siga habiendo bienes de consumo que dignifiquen la vida de quienes padecen más de lleno esta desgracia, pero ¿qué pasará cuando transcurrido unos meses esos remanentes se vayan terminando? ¿Qué harán estas familias cuando se les acabe el paro?
Corren malos tiempos, y todos tenemos que movilizarnos para hacer un frente común. Todos deberíamos de tomar conciencia de que es un gravísimo problema social que sólo seremos capaces de sobrellevar y superar si somos consecuentes, responsables y solidarios.
Está feo decirlo, pues soy su Secretario, pero es que me parece maravilloso el gesto que ha tenido mi Hermandad de la Sagrada Resurrección negándose a colocar flores sobre el paso de nuestro Titular para exornarlo, destinando esa partida presupuestaria a ayudar a los más necesitados. Probablemente esta iniciativa sirva para poco, pues es cierto que no deja de ser un simple gesto, pero lo importante para mí es que mi Hermandad ha tomado conciencia del problema social y ha dado un paso al frente.
Si es sólo esta Hermandad quien hace esto, este hecho no servirá de mucho, pero si cunde el ejemplo y son otros los que se suman a esta iniciativa aportando su granito de arena, les garantizo que tendremos el poder de cambiar el mundo.
Les pido, por último, que miren atrás y recuerden el maravilloso milagro que Jesús hizo multiplicando los panes y los peces. ¡Hagamos, por Dios, este milagro, porque sé que somos capaces, muy capaces!