jueves, 11 de octubre de 2007

Se fue Manolo Fando.

Se marchó Manolo Fando, y lo hizo desde la sencillez y la humildad que le caracterizaba. Mariano, el amigo que siempre lo quiso como si fuera su propio hermano, nos fue informando a todos los demás del trágico y lamentable devenir de su imparable enfermedad. Esperábamos que la noticia se produjera en esta última semana, pero ello no significó, en absoluto, que estuviéramos preparados para recibirla. Cuando al final sucedió, nos dolió como un pellizco en el alma, y no pudimos evitar que se nos escapara alguna que otra lágrima por el sentimiento de dolor que inevitablemente sufrimos.
Sólo diré de él dos cosas. La primera es que es cierto que a Manolo, tal y como dijo el Padre Salvador en la homilía de su sepelio, la muerte lo sorprendió con el faro encendido. Quienes lo conocían saben perfectamente qué quiero decir. Él no bajó jamás la guardia. Jamás se rindió, e incluso en los momentos más malos, en aquellos en los que el dolor y las faltas de fuerzas apagaban su vida, se guardaba un ápice de esperanza apoyada en la fe que tenía. Manolo era un hombre de fe, un hombre de fe profunda, esa fe que no se estudia ni se aprende, que sencillamente se siente. Una fe que es la más verdadera, porque a partir de ella se desarrolla toda la vida.
Conmovía verlo rezar a la Virgen, rogándole el milagro que todos deseábamos. Su mirada alcanzaba una dimensión difícil de entender, y desde ella le rogaba a su Madre que le concediera un poco más de tiempo, y lo hacía con la humildad del hombre bueno que sabe que al final las cosas son como son.
Jamás se rindió, al menos para quienes vimos los toros desde la barrera, dando testimonio de un ánimo envidiable. Era absolutamente consciente de lo que tenía, pero ni tuvo miedo ni se dejó vencer. Luchó hasta el final, hasta que no pudo más, haciendo gala, quizás sin que lo supiera, del ser extraordinario que verdaderamente era.
No me considero viejo, aunque peine ya algunas canas, pero creo que puedo afirmar, desde mi experiencia de vida, que los hombres más importantes que he conocido, han sido al mismo tiempo, curiosamente, los más sencillos. Manolo era sencillo, por tanto, fue uno de esos grandes hombres que nunca olvidaré, porque de alguna forma consiguió dejar una profunda huella que no puedo explicar.
Lo segundo que necesito decir de él, es que no tenemos que considerar su muerte como el final de su historia. Él perdurará por siempre en la memoria de todos sus amigos, que fueron muchos por cierto, y en la de su Hermandad de la Vera Cruz. Con su calidad humana impregnó muchísimos lugares donde siempre estará presente, uno de ellos la Abacería, en la que siempre será recordado como el hombre afable con quien compartíamos una buena copa y mejor conversación. Estará allí, en el ambiente, presente en las fotos que lo recordarán siempre, y eso es en esencia la más cierta resurrección. Será inevitable ir a casa de Mariano, o a la Capilla Vieja del Cristo y no recordarlo. Posiblemente, ni siquiera hará falta que lo mencionemos para que esté presente entre nosotros, en nuestro pensamiento.
Quizás mis palabras no sirvan de consuelo para quienes le amaban, para su mujer y sus hijas, para sus más íntimos amigos, pero aún así creo que es justo que quede constancia de que el pasado martes, día 9 de Octubre de 2007, dejó este mundo un gran hombre y un gran cofrade que supo ganarse el cariño de muchos. Lo echaremos de menos con el cariño de la amistad más desinteresada y cierta. Manolo Fando murió, tristemente no pudo vencer la enfermedad que sufría. Todos lo lamentamos de corazón y lo recordaremos con afecto. Era una buena persona, un hombre sencillo de calidad notable que se hizo merecedor del mejor homenaje posible. Descansa en paz, amigo, y que Dios te tenga ya en su Gloria.