martes, 11 de diciembre de 2007

La caverna.

Existe un punto de inflexión en la historia particular de algunas personas tras el que la dignidad humana que le es propia por naturaleza es vencida, y las convierten, irremediablemente, en animales que obedecen la voz de su amo. Son los nuevos esclavos. Se trata de un instante en el que la vida pierde todo su valor, y que sería del todo insuperable, a no ser que se cuente con una poderosa luz interior que, independientemente de la anulada y maltrecha que tenga su voluntad, guíe al hombre y lo ayude a trazar una nimia línea que rija sus pasos sin sentido hasta lograr alcanzar una situación mejor, en la que todo su martirio haya pasado.
Y es que, por más que no queramos reconocerlo, por más que escondamos la cabeza debajo del ala para no tener que mirar, la esclavitud y la trata de personas existe hoy día para vergüenza de nuestro tiempo y de nuestra sociedad. ¿Qué son sino esas jóvenes que traen engañadas para ser explotadas sexualmente? Ellas pertenecen a un mundo corrompido del que no podrán escapar sin poner en peligro sus vidas.
Las más afortunadas, aquellas que cuenten con esa luz interior que les ayude y les de fuerzas, conseguirán de alguna forma volver a valorar sus propias vidas por encima de la constante humillación que sufren, pero ¿qué pasará con aquellas que sean incapaces de enfrentarse a su tragedia? Seguro que morirán.
Existe otra clase de esclavos que, siendo menos llamativos que las prostitutas, sienten también en sus carnes la opresión y el látigo del egoísmo desmesurado de gente sin corazón que no tienen escrúpulos. Son carne de negreros que no dudan en explotarlos sin respetar sus derechos laborales ni sociales. Mal llamados empresarios, que pisotean a sus trabajadores y se nutren de su sangre imponiendo jornadas interminables en las que se trabaja sin descanso, con salarios ridículos que sólo dan para subsistir de mala manera, con toda la inseguridad y los riesgos del mundo. Estos trabajadores también son maltratados psicológicamente con el chantaje de perder el puesto de trabajo si no entran por el aro, además de sufrir otros abusos, como ser extorsionados para que el embaucador pueda enriquecerse ilícitamente. Estos trabajan hasta la extenuación, hasta perder la óptica de cualquier horizonte posible. Cuando todo se torna negro e infinito, también alguno de ellos sienten dentro de sí esa poderosa fuerza que les sirve como resorte para mantenerse de pie y revelarse. Es la esperanza, la ilusión de que ese momento pasará y todo recabará en justicia y felicidad. En ello radica la esencia del valor. Ésa es la dignidad humana. Cualquier hombre independiente, nunca debería ser privado de la libertad, de su libertad abstracta y absoluta, una libertad que a veces se pierde por su capacidad de amar y entregarse a los demás.
Contra estos explotadores, no existe lucha ni ayuda posible. Los gritos de socorro brotan desde el alma de su gente, pero son gritos mudos que nadie puede oír, sólo quienes han gritado así alguna vez pueden entender de qué se trata. Son alaridos sin sonido que escapan por los ojos. Miradas que nacen cuando no quedan fuerzas para las palabras. No existen quejas, y aunque ceder ante la dominación pudiera parecer un acto de rendición, es todo lo contrario. En la derrota de la voluntad, en el despotismo del otro, en el clamor del cansancio y en esos gritos callados, se forja el ímpetu más poderoso que jamás pudiera sentir el hombre que sabe que todo pasará, y cuando así sea, se elevará hasta un lugar donde nunca más volverá a ser vencido. Sólo la carne del hombre puede rebajarse a la esclavitud. Jamás el alma. El alma es el arma más poderosa y temible de que dispone. Aquellos que no la respeten, terminaran siendo pisoteados, execrados para la comunión de los justos, cuando éstos decidan que ya es tiempo de salir.