
Las consecuencias en España de la crisis internacional son evidentes, a pesar de lo lejano que se encuentra su epicentro y las muchas diferencias existentes entre la economía americana y la europea.
Mi amigo Paco Luna dice siempre que él es español y luego americano. Supongo que lo dirá porque se siente orgulloso de aquella sociedad, a la que debe considerar la mejor del mundo, pero nada más fuera de la realidad.
Paco está convencido de que aquello es el paradigma de la perfección, obviando detalles tan importantes como la carencia absoluta de Sanidad Pública, diferencia cardinal que superpone a la economía española, sobre aquella, en un lugar preferente. De hecho, como secuela de la crisis, muchos norteamericanos están perdiendo sus propiedades, sin poder hacer nada por evitarlo. Un elevado índice de población no puede afrontar la gravedad de la situación debido al escalofriante deterioro del nivel adquisitivo, lo que denuncia El Nuevo Herald, un importante periódico de tirada nacional.
Hoy, el ciudadano medio americano es muchísimo más pobre que cuando gobernaba Clinton. Sus salarios son más bajos y buena parte de estos han de destinarlos forzosamente a soportar el gasto que les acarrea la atención médica privada.
Imagínense que en España, las personas de menos recursos, aquellas que han sido víctimas de las hipotecas subprime, tuvieran que, al margen de tener que afrontar el pago de las elevadísimas cuotas mensuales, pagar también la factura del médico. ¿Qué pasaría con ellos? Seguramente sería un desastre social sin precedentes, precisamente lo que está sucediendo en los Estados Unidos, provocado por la nefasta política de George W. Bush, un presidente que ha sido funesto, no ya sólo para su país, sino para toda la humanidad. No olvidemos que hasta el candidato republicano John McCain elude hablar de él, cuando en cierta forma es su sucesor.
Yo estoy convencido que en España estamos mejor preparados para afrontar la crisis, pues nuestro sistema financiero está muchísimo más saneado. Con ello no pretendo eludir los graves problemas existentes. El peor de todos, el retraimiento económico que se produce por el miedo. Nadie quiere arriesgar sus depósitos. Eso hace que el circulante del país se paralice, y se origine un estancamiento, un colapso. Por eso todos debemos de poner de nuestra parte, para evitar que algo así pueda ocurrir. El Gobierno planificando estrategias que afronten los perjuicios de la crisis con valentía, protegiendo a los más débiles, aquellos que no llegan a final de mes y no pueden pagar sus créditos, esos que pierden sus puestos de trabajo. La oposición, también debe participar siendo leal y responsable, y no usando la crisis como un elemento electoralista, ni azuzando el miedo en la población. Y el resto de ciudadanos esforzándonos en no perder la confianza en el sistema financiero.
La maquinaria del Estado ha de seguir funcionando. Para ello es importante que se mantenga el flujo monetario, ya que será el movimiento del dinero, lo que creará la riqueza necesaria para salvar este bache.
Yo confío en que el retroceso inevitable que se ha de producir, no sea tan perjudicial como algunos pronostican. Comprendo que aconsejar paciencia a quienes sufren diariamente los efectos de la crisis, es algo que no sirve absolutamente de nada, pero sí es necesario colaborar con lealtad, con generosidad, responsabilidad y compromiso con quien democráticamente le ha tocado gobernar en estos tiempos malos que corren.