jueves, 24 de enero de 2008

La Virgen María

¿Qué puedo decir de la Divina Pastora Coronada que sea original y no suene a manido, si en la nómina de esta querida Hermandad ya contáis con magníficos pregoneros, algunos incluso de la Semana Santa de San Fernando, que seguro son capaces de inventar piropos muchísimo más bellos que los que pudieran nacer de mi pluma? Por eso no tiene sentido que me esfuerce en galanterías, porque sé que de ellas, la Pastora, está sobrada. Ella es la Virgen mimada del barrio, de la parroquia y de todos vosotros. Es evidente vuestro testimonio de amor. Por eso me limitaré a hablaros del concepto que tengo de la Virgen, bajo cualquier advocación, y desde el prisma que todo católico debe tener.
Últimamente se está discutiendo muchísimo sobre los fundamentos históricos de nuestra fe. Los libros de J. A. Pagola, del Papa, y otros, dan buena muestra de ello, pero el cristiano ha de entender que la fe no sólo se basa en hechos históricos, sino en otras verdades que asumimos como ciertas y en las que creemos sin cuestionarlas.
El mejor creyente no es el que cree todo a pies juntillas. Es el que decide creer voluntariamente, desde la libertad y el conocimiento, por eso es bueno profundizar en las raíces históricas, pero a sabiendas de que no sólo podemos quedarnos en eso.
No obstante, profundizar en la historia de la Virgen María es una tarea tremendamente complicada, a tenor de que en los primeros años del cristianismo se consideraba a la mujer como a un animal o a un objeto. La mujer no era tenida en cuenta socialmente, y por eso son muy pocas las que han sido recordadas por la historia. Eso nos lleva a firmar que las mujeres que sí sobrepasaron aquel complicado inconveniente cultural machista y judío, como es el caso de María de Magdala, la propia Virgen María, esposa de José y madre de Jesús, y algunas otras, debieron de ser mujeres realmente excepcionales.
Desde el prisma histórico, poco sabemos de María, allende lo que nos cuentan los Evangelios. Es por ello que si queremos buscar a la Virgen María, debemos mirar a la Iglesia, y es allí precisamente donde la encontraremos en su verdadera dimensión.
Buscar a la Virgen es encontrarse de lleno con los Dogmas de fe más bonitos de nuestra religión. Ella es la verdadera Madre de Dios, pues engendró por obra del Espíritu Santo y dio a la luz a Jesucristo, asumiendo por voluntad propia y desde su condición humana, el nacimiento de Dios que debía encarnarse, para nacer hecho hombre. La Iglesia afirma este Dogma desde siempre, pero lo definió solemnemente en el Concilio de Efeso (siglo V). Mucho más recientemente, en El Concilio Vaticano II, se vuelve a mencionar esta verdad con las siguientes palabras: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Const. Dogmática Lumen Gentium, Num 66). Este culto a la Virgen es llamado hiperdulía y es diferente del que le profesamos a Dios.
La Virgen también fue preservada inmune de la mancha del pecado original desde el primer instante de su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del genero humano. Esta otra verdad sobre María fue proclamada como Dogma de Fe por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus, y conservó plena y perdurablemente su Virginidad. Ella fue siempre Virgen, antes del parto, en el parto, y perpetuamente, después del parto. La Iglesia así lo afirma con el Dogma desde el Credo compuesto por los Apóstoles. El Concilio Vaticano II también dice: "Ella es aquella Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel" (Const. Dogmática Lumen Gentium, n 55).
Por último recordar que la Madre de Dios, siempre Virgen, cumplido el curso de su vida terrena, fue subida en cuerpo y alma a la gloria celestial. Otro de los Dogmas que fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus. Esta es María, nuestra Virgen, a la que rezamos porque ella es nuestra Madre, Madre de la Iglesia, Abogada Nuestra, Corredentora, Medianera de todas las gracias, Reina y Señora de todo lo creado, y todas las alabanzas que contiene el Rosario. Así lo creemos, lo defendemos y promulgamos. Eso es lo que representa la imagen de la Divina Pastora, la Virgen de las Lágrimas, la de la Victoria y todas las demás advocaciones que llevamos en el corazón, y que son verdaderas lanzaderas de nuestras oraciones personales y representaciones donde manifestamos el profundo y sincero amor que sentimos hacia María, la única y verdadera Madre de Dios.