viernes, 24 de agosto de 2007

Celaya se equivocó

Decía Gabriel Celaya en uno de sus más célebres poemas: “La poesía es un arma cargada de futuro”. Pecó de iluso cuando lo afirmó; además de ser un poeta chapado a la antigua incapaz de eludir el inconsciente coqueteo con la filosofía, herramienta necesaria para la construcción de nuestro mundo, pero que suele desembocar en tediosos ensayos que nada tienen que ver con el arte de la rima.
La poesía no se reduce a rimar las palabras, y aunque no debe renegar de su parte virtuosa, tampoco debería ser un ejercicio para la reflexión y el análisis de las realidades de la vida.
La poesía no tiene obligatoriamente por qué responder a ninguna cuestión, ni explicarnos el funcionamiento del mundo que nos rodea. No debería aspirar a definir el sistema ni dejarse instrumentalizar para alcanzar otros objetivos que en absoluto le son propios, tratando de esclarecer la esencia de todos los diversos elementos de la realidad. La poesía no tiene por qué definir conceptos, ni principios. La poesía no debería brotar de un lugar distinto al alma del poeta, porque en esencia debiera ser, simple y sencillamente, un canto de todo cuanto sentimos.
Los griegos tenían bien claro y perfectamente definido los dos conceptos: Poesía y Filosofía. La primera la entendían como la habilidad de jugar con las palabras para explicar con belleza una idea, pero entendiéndola desde un prisma estético. En cambio la Filosofía es el pensamiento que deriva en sabiduría. Según esto, ¿cómo la poesía puede ser un arma cargada de futuro?
¡La poesía ha muerto!. Ésa es la noticia, la gran noticia. La poesía no cabe en nuestro tiempo y ha sido, lamentablemente, exiliada de nuestras mentes. Todo el que diga lo contrario es un hipócrita o sencillamente miente. ¿Quién lee poesía? ¿Quién publica poesía? ¿Quién oferta poesía? Nadie, y de existir, será tachado de lerdo en menos que cante el gallo.
La poesía fue un arma que se quedó sin futuro. El futuro que Celaya le augurase a la poesía le ha sido usurpado por la tele basura, la tele lava cerebros, el aborregamiento general que otros denominan socialización y que más bien debieran llamar alienación.
La cultura consumista que conforma nuestra forma de vida está exenta de poesía. La poesía no ayuda absolutamente a nadie a solventar sus problemas, no es una forma válida de protesta, y con esto de la paridad, ni siquiera importa ya a los enamorados, último reducto donde había quedado relegada para sobrevivir en los últimos tiempos.
La cuestión es saber si podremos vivir sin poesía. ¿Qué será de la humanidad cuando sea ciertamente incapaz de expresase con hermosura? ¿Será esta lamentable pérdida el inicio de la decadencia de todas las artes?. Porque sin poesía ¿qué importancia puede tener la pintura, la escultura o la música?Si no es usted poeta, si en toda su vida ha escrito un verso o sencillamente, no le gusta, posiblemente no me comprenda y piense que todo esto que estoy diciendo no son sino pamplinas; pero le aseguro que se equivoca, pues aunque no lo crea, la poesía ha sido para este mundo de bárbaros, ése bálsamo que ha suavizado la realidad, convirtiéndola en algo muchísimo más asimilable. Sin poesía, todo hubiera sido más cruento, mucho más duro, más triste, más feo, más difícil. O si no, ya lo comprobará usted mismo de ahora en adelante.