viernes, 24 de agosto de 2007

Los Pilares de la Tierra.

He leído mucho y bueno desde este verano, pero si de entre todas las novelas tuviera que destacar a alguna, sin ningún lugar a dudas, me inclinaría por Los Pilares de la Tierra, de Ken Follett.
Me la regalaron, y al verla tan gruesa, con los párrafos tan espesos y la letra tan pequeña y pegada, no negaré que me asustó en principio y la deseché, condenándola sin más, al ingrato sueño de las estanterías polvorientas donde terminan los libros olvidados. Pero una madrugada de insomnio, de esas en las que uno se levanta buscando desesperadamente algo que leer, al no tener otra cosa que me pareciera más interesante, la cogí, rescatándola del olvido, y me introduje casi sin querer entre sus páginas, quedando prendido completamente por sus historias. Algo que me pasó en contra de mi voluntad, y es que es uno de esos libros que, a pesar de asustar a primera vista, te encandilan y te roban todo el interés a la mínima que le das una oportunidad. En definitiva diré que me ha parecido un libro magnífico. Nada más tocarlo, pensé que aquel ladrillo macizo no habría quien lo leyera, pues uno ve que sus páginas se van sumando y parecen no tener fin. Tiene tantas, que supera con creces el millar, algo que, a priori, desespera al lector que ansía conocer con urgencia el intríngulis de la historia que contiene. Luego, en la medida que avanzaba en su lectura, creí que con tanto espesor sería inevitable perderse, pero al profundizar en él, ocurre algo fantástico, algo realmente formidable que sólo ocurre muy de tarde en tarde, y es que el autor consigue engancharte con fuerza, teniendo la habilidad de mantener intacto el interés desde el inicio hasta el final, y eso que se trata de una novela donde se suceden más de una generación de personajes. La historia es sencilla, fresca, natural, y la narrativa de Ken Follett, al margen de impecable, tremendamente fácil de manejar, sin que por ello se pueda tachar de simple, nada más fuera de lugar.
Leyendo el libro, uno tiene la sensación de ser un espectador de lujo de una larga y sublime película de cine, un cuento casi mágico que se va desarrollando con la misma suavidad con la que un terrón de azúcar se disuelve en un vaso de leche caliente.
En la medida que avanzas en la novela, te enamoras, te desengañas, te desesperas e incluso terminas odiando a algún que otro de sus personajes. En todos ellos encuentras diversas formas de pasar por el mundo, distintas perspectivas que conforman un precioso collage que se me antoja perfecto. Vas siendo testigo, de una forma exquisita, de cómo van desarrollando su humanidad, con sus detalles de grandezas y miserias, y al final, cuando la terminas, descubres para tu sorpresa que te has involucrado tanto en la historia que ha sido como si hubieras estado habitando en aquel mundo del que no quieres salir. En cierta forma, leemos para eso. Leer no es otra cosa que renunciar al yo que somos para convertirnos en otra persona distinta, posiblemente más rica de lo que éramos antes de empezar.
Eso me ha pasado con Los Pilares de la Tierra. Otras novelas resultan más difíciles de leer, pues son complicadas y enredadas, y resulta más difícil extraer el verdadero mensaje que su autor quiso regalarnos, pero con esta, ese presente está dispuesto de tal forma que es como si degustaras un suculento manjar del que no te sacias nunca. Ya la he terminado y ahora, en serio, es como si me quedara vacío.
¡Léanla!, no se arrepentirán de hacerlo.