jueves, 16 de agosto de 2007

A Dios lo que es de Dios y al Cesar...


Decir en Andalucía que ETA no debe ser entendida como el brazo armado de ningún ideal político, sino como una pandilla de asesinos que reivindica un imposible, es más o menos fácil y no tiene demasiado mérito, pero la cosa cambia si eso mismo se dice en el País Vasco. Para hacerlo allí, hace falta ser muy valiente, más ahora con la ruptura del pacto desde el pasado 5 de Junio, y la efervescencia vandálica y callejera por parte de sus cachorros, que no cesan de quemar sucursales bancarias y autobuses. Por eso es satisfactorio abrir la prensa, o ver los telediarios, y descubrir que alguien lo hace con desparpajo y vehemencia; me refiero al obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, quien aprovechó la homilía que pronunció con motivo de la festividad de la Asunción de María, en la basílica de Begoña, en Bilbao, para lanzar un mensaje directo a esos asesinos, desde el mismo corazón del problema, donde subyace el terrorismo que palpita como un corazón que cierra todas las bocas. El obispo clamó en la propia casa de la banda, diciendo que debe desaparecer inmediata, total y definitivamente, porque nadie le ha otorgado ni le reconoce representación alguna, pues existe y actúa contra la voluntad de ese pueblo y de esa sociedad.
Yo considero que ésa actitud de la Iglesia es encomiable, porque una entidad que se manifiesta rotundamente a favor de la vida, que predica con el ejemplo del sacrificio por defender lo correcto, no puede hacer otra cosa que manifestarse de esa forma a favor del bien, aunque no son pocas las veces que hemos asistidos, perplejos, al triste y lamentable esperpento de sacerdotes que se muestran abiertamente a favor de estos delincuentes, que los acoge en su regazo como si fueran mártires o héroes, y que predican a favor de una libertad errónea, cantando adeptos para el ideal desde sus púlpitos.
Esto ha ocurrido no pocas veces ante los ojos pasmados del pueblo cristiano, que atónito no ha dado crédito del espectáculo al que estaba asistiendo. Un ejemplo de ello lo tenemos muy reciente, en el cura ése que se ha suicidado reivindicando la independencia de Cataluña. ¿Era un loco? ¿Un demente? Pues que se lo digan al Jordi Puyol y a otros tantos nacionalistas catalanes que no han dudado un instante en abogar para que lo hagan beato y lo eleven a los altares, a tenor de lo que ha hecho.
Ricardo Blázquez, no sólo recriminó los crímenes de ETA, sino que además afirmó que ha sido una "equivocación grave" en la historia del pueblo vasco, una banda que ha resultado ser "mortífera" y que su "persistencia obstinada es insoportable". Y ciertamente lo es, porque la gente de bien que vive en aquel lugar ya empieza a estar cansada de tener que soportar, día a día, el peso del miedo sobre sus espaldas.
El terrorismo es un problema de estado y no debiera ser motivo de controversia entre los distintos partidos políticos, que al contrario de lo que vienen haciendo hasta el momento, se tienen que mostrar unidos en la idea del derecho a la vida y a la libertad, en sus más amplios sentido. No se puede ni se debe hacer el juego a estos asesinos desde el escenario político, y muchísimo menos desde los atriles de las iglesias. Por eso, la actuación del presidente de la Conferencia Episcopal, merece ser destacada.
Ya deberían aprender muchos del valor demostrado por Ricardo Blázquez, y de su compromiso como sacerdote para con la sociedad en general, y el bien de las conciencias individuales, porque lleva toda la razón cuando afirma que sólo con la unidad de esfuerzos entre todos se podrá erradicar la violencia terrorista. ¡En verdad hay veces que Dios habla por la boca de sus discípulos!